La Costa de los Mosquitos – En busca de un nuevo comienzo

Hay actores que, atrapados en su condición de megaestrellas, rara vez tienen la oportunidad de hacer cualquier cosa que no sea interpretarse a sí mismos.

Tom Cruise corre por diferentes decorados, siendo siempre el mismo. The Rock, es siempre The Rock, y Harrison Ford, a sus 78 años, enarbola su látigo y fedora en la quinta y última entrega de Indiana Jones.

No seré yo quien se queje de Ford, siempre ha sido uno de mis actores favoritos y disfruto muchísimo con su presencia. E incluso en sus últimos papeles, ha sido capaz de aportar algo más que su cara mientras camina en dirección al cajero automático.

Pero en cintas como La Costa de los Mosquitos, tiene la oportunidad de ser algo más que un héroe carismático. Se permite interpretar el que quizá sea, junto con el villano de Lo que la verdad esconde, su papel más inquietante, en una cinta que no es típica de los géneros donde estamos acostumbrados a verle.

Basada, como casi todo, en una novela de cierto éxito, Ford se pone en la piel de un extraño, racista y paranoico inventor, que abandona unos Estados Unidos que él cree en decadencia por un pueblo en mitad de la selva, y que consiste en cuatro cabañas de madera. Allí, acompañado por su mujer y cuatro hijos, intentará construir una utopía, mientras, según avanza el metraje, darnos cuenta de que este hombre no termina de caernos del todo bien. La película entera funciona como metáfora del colonialismo, el capitalismo y todos los ismos que se nos ocurran, aunque yo encuentro también un inquietante acercamiento a las películas de sectas, caracterizadas por este líder carismático que no deja de hablar. Allie Fox alecciona a todos sobre la inflación, el crimen, la violencia y las guerras nucleares, mientras reproduce a su alrededor todos los elementos que, según él, les llevaban a la catástrofe. Crea una sociedad con ventiladores, sillas, camas, y hasta un inquietante tótem maléfico en forma de refrigerador.

En su incesante búsqueda de la perfección, su familia empieza a sufrir las consecuencias. No sólo porque se ven obligados a abandonar su vida, sino porque su padre les lleva a no pocos peligros entre los que se encuentran hombres armados, y la propia paranoia de su progenitor, que los ve como débiles e incapaces de adaptarse a la esencia de la vida. Helen Mirren hace un gran papel de madre sufridora, al igual que el desaparecido River Phoenix, quien poco a poco empieza a cuestionar la realidad que le rodea.

Si bien hay ideas muy interesantes, y escenas donde vemos que la locura de Allie les llevará a la desgracia (como es la explosión involuntaria del tótem), sí es cierto que conforme avanza la cinta nos preguntamos a dónde va todo aquello, ya que no parece haber un destino, sino más bien, una constante huida desde un escenario en ruinas al siguiente. La lucha contra el predicador, que se representa como la civilización, no tiene un desenlace final, y sólo vemos a un Allie cada vez más harto de todo, mientras nosotros nos damos cuenta de que el problema es simplemente él, y que nunca encontrará la paz que tanto dice buscar.

Inquietante, lenta, y sin estar pensada para ser digerida como otras tantas películas que podemos ver hoy día, merece la pena pasar dos horas en esta extraña Costa del fin del mundo.

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