The Boys – Un mundo con auténticos superhéroes

Decir que los superhéroes se han convertido en el género de moda esta década es innecesario. Decenas de películas, series de televisión, líneas de muñecos, proyectos multimedia, franquicias millonarias… todo lo que alguna vez apareció en unas viñetas, es susceptible de ser convertido en el próximo bombazo, incluso para desgracia de algunas de las personas que más contribuyeron a su fama en un primer momento.

Según el creador de Watchmen, las películas de superhéroes han arruinado el cine y la cultura de esta generación, además de tratarse de personajes que han sido arrebatados a sus creadores desde hace años.

Aunque al mismo tiempo sus palabras parecen haberse sacado un poco de contexto, Moore continúa asegurando que la última película del género que vio fue el Batman de Tim Burton, lo que ya de por sí descalifica un poco su opinión. Aunque quizá sea que de uno de los mayores genios del medio, quizá esperásemos un poco más.

Seguramente, si Moore se viese todas las películas que han salido desde que Michael Keaton se enfundó las mallas negras, su opinión no cambiaría en absoluto. Pero por parte de personas más objetivas, o menos involucradas, podemos notar una evolución tanto en el estilo, como en los medios, como también, en la forma de entender a los superhéroes.

Ya no se trata de películas para niños. Desde Iron Man (2008), Disney ha construido un imperio que con una sonrisa amable, unos guiones genéricos y un plan maestro, se ha vuelto omnipresente. Hasta personajes tan desconocidos como Drax el Destructor han ganado fama, y eso con unos beneficios altísimos.

Al final, de tanto llegar a las pantallas, los superhéroes se han convertido en nuestros vecinos, en nuestros ídolos morales, en nuestras celebrities. Y por tanto, la forma en la que los vemos, personificados en multimillonarios como Elon Musk o Tony Stark, ha cambiado muchísimo. Mientras escribo estas líneas, Spider-man, de Sam Raimi, se reproduce en una pantalla a mi lado, y es sorprendente la ingenuidad que desprende la película.  

Cómo reaccionaría la sociedad moderna si los superhéroes existieran en realidad, es la base de la grandísima The Boys. Serie de Amazon donde adapta (por supuesto) su propio cómic, se separa un poco de su tono original y cambia algunos personajes para contarnos una historia dura, cruenta y llena de palabrotas y contenido obsceno.

Desde un principio en el que la novia del protagonista es una víctima colateral de A-Train, el superhéroe más veloz sobre la Tierra, asistimos a un despliegue de personajes, efectos, humor negrísimo y delfines que mantienen relaciones sexuales con hombres con branquias.

Los miembros de Los Siete son parodias de la Liga de La Justicia, donde además de Flash, Wonder Woman y el Hombre Invisible, tenemos al líder, la perfecta fusión entre Superman y el Capitán América, que simboliza el espíritu norteamericano, pero que al mismo tiempo, es una de esas estrellas al servicio de una malévola corporación (no quiero mirar a nadie, Disney), que les proporciona guiones, lavados de imagen, y un equipo de publicistas a su servicio. El resultado son héroes preocupados por su merchandising ilegal, por las declaraciones y el apoyo político a los grandes lobbies cristianos tan famosos en aquel país, que son capaces de empaquetar y vender cualquier cosa, aunque sean las vidas y la moral de sus empleados. Es lo primero que descubre la inocente e idealista Luz Estelar, que no tarda en ser víctima de abusos de poder por parte tanto de jefes como de sus propios compañeros. Sentir empatía por Profundo, que hace un Louis C.K. en los primeros minutos en los que aparece, es difícil, pero la complejidad de los personajes les proporciona múltiples posibilidades.

Con un reparto en los que todos encajan y donde destacan el muy interesante Karl Urban, y la gran revelación, Anthony Starr, The Boys es una serie que va más allá de ofrecernos una historia escapista para lanzar una mirada objetiva, desencantada y decadente sobre nuestra obsesión con los héroes sobrehumanos, el éxito, la fama y la avaricia corporativa.

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