Once upon a time in… Hollywood

A pesar de que la historia de Sharon Tate representada en la película de Quentin Tarantino es un emotivo ejercicio del “y si…”, es posible que el director de Pulp Fiction le robase el título perfecto a esta miniserie de siete episodios de Ryan Murphy.

Hace unos años nos lamentábamos de que tuviésemos pocas opciones legales para disfrutar de nuestros contenidos favoritos, mientras que ahora mismo, lo que nos encontramos al revisar Netflix (no puedo comentar otras plataformas de streaming), es que existe una gran cantidad de productos de relleno. Películas y series de colores brillantes, personajes guapos y muy poco carisma, de entre los que pasamos rápidamente mientras buscamos algo que ver.

Entonces me topé con el tráiler de Hollywood, compuesta de siete capítulos y ambientado en el fabuloso mundo del cine después de la Segunda Guerra Mundial. Un lugar de jóvenes aspirantes a estrellas, directores, platós de rodaje y estética de los cuarenta que, como no puede ser de otra manera, me llamó muchísimo la atención.

Empezamos en un estudio de Hollywoodland, donde aspirantes a actores hacen cola a las puertas para participar de extras en cualquier producción. Así conocemos a Jack Castello, un joven moreno, atractivo y con la plana típica de una estrella de cine (no miro a nadie, Henry Cavill), que busca abrirse lugar en el mundo del espectáculo, sólo para encontrar un camino más fácil: el de prostituto para ricos en una gasolinera regentada por Ernie West, que se encarga de cumplir las fantasías de algunas personas que, debido a la moralidad de la época, no pueden hacer públicas sus inclinaciones y fantasías.

Es así como Jack conoce a otros muchos recién llegados que buscan lo mismo que él: cumplir sus sueños en la única tierra creada para ello (he aquí un chiste de palabras que a lo mejor entendéis si habéis visto la serie). Guionistas, actrices de color, homosexuales, matrimonios aburridos y sin ningún tipo de relación… Todos se ven atrapados en un mundo de normas sociales y productores sin escrúpulos, que como era habitual, se encargaban de dirigir las vidas de sus empleados hasta el más mínimo detalle. Es el caso de Henry Willson, un agradable cambio de registro para el actor Jim Parsons, a quien gran parte del público jamás dejará de asociar con su repulsivo personaje de The Big Bang Theory, y que aquí clava la interpretación de un hombre repulsivo que, al igual que productores como Harvey Weinstein, se aprovechaban de su posición para satisfacer sus deseos sexuales.

Sin embargo, no nos encontramos ante un drama oscuro sobre lo terrible que puede llegar a ser el mundo del espectáculo, sino todo lo contrario. Hasta los personajes más despreciables desprenden carisma, y todo se convierte en una fiesta de sonrisas blancas, oportunidades, prostitución que… bueno, no es tan grave, y proxenetas encantadores. Lo que vemos es un cuento de hadas sobre lo que podría haber ocurrido en la década de los cuarenta, si los jefes de estudio hubiesen aprobado ciertas cosas, o se hubiesen sentido inclinados a contar otro tipo de historias. Un lugar donde Rock Hudson, uno de los grandes damnificados de la homofobia de su época, puede coger de la mano a su novio negro, y aunque escuchan abucheos, saben que el mundo puede seguir adelante. Y donde una joven actriz negra no sólo puede aspirar a ganar el Óscar, sino que, poco después, puede ayudar a restañar algunas heridas cometidas contra otras personas, basándose sólo en el color de su piel o a quién amaban.

Mezclando la realidad con la ficción, personajes reales con futuros imposibles, y pasando de las leyes Jim Crow a un negro homosexual sonriendo desde el escenario, vemos algo que no es real, que nunca lo fue, y que tampoco lo pretende.

Todo está muy bien rodado e interpretado, cargado de glamour y buenas intenciones, sobre todo, porque esos personajes han encontrado en su película algo en lo que creer, más grande que ellos mismos, y que les ha unido para siempre.

Ojalá la vida fuese como Hollywood.  

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