‘El último emperador’ – De Dios a ciudadano

La razón por la que este blog no se actualiza de forma diaria se debe a que estos meses estoy muy ocupado, y hasta dentro de unas semanas no dispondré de más tiempo para centrarlo aquí. También es cierto, que estoy pensando en cuál es la mejor forma de traer contenido de calidad a este sitio. Porque seamos sinceros: hablar de cine a día de hoy es hacerlo de Marvel y Star Wars, y no me interesa volver a hacerlo. En su lugar, creo que estamos quitándole tiempo y espacio a otras muchas películas que sí me interesan y, por tanto, creo que merece la pena comentar y discutir. Creo que vais a ver más cine clásico en esta web, y también mucho cine asiático. Así que vamos a empezar por una de sus piezas más conocidas: El último emperador, de Bernardo Bertolucci.

 

Quienes me conocen saben la fascinación que siento por la Ciudad Prohibida, el palacio de los emperadores de China, que se convirtió, de manera insólita, en escenario de esta supreproducción en la que el director italiano tuvo total libertad para abrir puertas, cruzar pasillos y adentrarnos en lo más recóndito de uno de los personajes más trágicos y queridos por el público: Aisin Gioro Pu Yi.

Pu Yi fue nombrado emperador a los tres años de edad. Su vida fue tan turbulenta como lo fue la Historia de su país. Guerras, revolución, alzamiento comunista y mucha sangre, convirtieron a este niño pequeño al que se le consideraba un dios viviente en testigo de grandes acontecimientos.

La película le sigue a lo largo de su juventud, entremezclando hechos históricos con algunos que sin duda son pura ficción. Pu Yi aparece criado por nodrizas y tutores que le hacen creerse mejor que nadie, pero al mismo tiempo, le encierran en una férrea cadena de tradiciones que convierten, al niño más poderoso del mundo, en poco más que un esclavo de palacio. Al contrario que los biopics actuales, que deciden centrarse solamente en una época concreta de la vida del personaje central, aquí recorremos desde que es traído ante la presencia de la moribunda Cixí hasta que es obligado a abdicar y vive en un palacio decadente y, finalmente, expulsado de palacio en una de las escenas más impresionantes de la película, siempre acompañado de la banda sonora de Ryuichi Sakamoto, cuyo trabajo ha quedado como uno de los más reconocibles de la historia del cine.

 

Es posible que el público occidental, que no esté familiarizado con la historia de China, pueda perderse en algunos momentos del film, por eso es tan importante poder empatizar por Pu Yi. John Lone, que interpreta al emperador durante su vida adulta, hace un buen trabajo al encarnar a un personaje tan frágil como manipulable, tan deseoso de alzarse como monarca que es presa fácil para los japoneses, que le utilizaron como marioneta durante el pequeño reinado de Manchukuo. Él y Peter O’Toole son las dos voces principales del film. Una que habla de lo incomprensible del papel de un emperador en el mundo actual, y el otro, una voz inglesa que clama al cielo por lo arcaico y corrupto del mundo en el que crece. Se ve cariño entre ambos, por ejemplo cuando el tutor le regala una bicicleta, esperando que se comporte como un niño normal de su edad.

Y si bien podemos fiarnos poco de lo que se cuenta en la película, ya que gran parte de la autobiografía del emperador fue escrita durante la época comunista, sí que podemos quedarnos con esa hermosa escena final en la que, como un turista más, paga el precio de la entrada para visitar el museo de la Ciudad Prohibida, adentrándose a escondidas por la escalera destinada únicamente al emperador, y sentándose en el trono por última vez. ¿Es el mismo grillo que ha estado ahí escondido durante décadas, o es una metáfora de la propia vida del último monarca divino del país? Vamos a optar por lo segundo, y a quedarnos con un gran espectáculo visual donde los escenarios reales fueron utilizados como nunca lo habían sido hasta entonces, con miles de extras y trajes diseñados al más mínimo detalle. Un reflejo de cómo se hacía cine hace no muchos años, y que por una razón o por otra, cada vez es más difícil que volvamos a ver.

 

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