KITSUNEGARI

Dicen que durante los primeros años de su vida, Danao Heike vivió como un cangrejo. Hacía generaciones que los Heike habían dejado la tierra, pero desde que fue una larva, Danao tuvo sentimientos muy humanos.

Lo primero que hizo fue devorar a sus hermanos y hermanas, deseoso de demostrar su fuerza. Después, despedazó con sus pinzas a todo pez que se interpuso en su camino, y cuando ya no hubo nadie a quien retar en el fondo del mar, abandonó a su clan y viajó río arriba, hasta que vio a un zorro de dos colas inclinado para beber sobre la orilla.

Danao le habló entonces al zorro, un dios de la muerte encargado de separar los espíritus de los muertos de su cuerpo y acompañarles a su próxima vida. Le narró la tragedia de los Heike y su maldición, y de los innumerables tesoros que yacían en el lecho marino, en sus casas de piedra.

–  Esto es lo que haré – le dijo-. Te retaré a un duelo. Si gano, serás mi esclavo, usaré tu poder y será mío para lo que yo desee. Si pierdo, te guiaré hasta las mismas puertas de la morada de los Heike y te enseñaré sus tesoros, y serás libre para reclamar hasta una tercera parte de ellos.

El zorro Izoge, que aún era joven y orgulloso, aceptó sin dudarlo. Se trataba de un cangrejo pequeño que podría romper con un chasquido entre sus mandíbulas. Pero Danao removió el fondo del arroyo hasta que lo convirtió en barro, y cuando el zorro introdujo sus patas, él se las cortó.

Vencedor, el cangrejo Heike encadenó al zorro y lo hizo prisionero. Recuperó su cuerpo humano, el que le hubiese correspondido tener si su clan no hubiese muerto bajo las aguas y después, torturó al zorro hasta que con sus lágrimas, devolvió a la vida a su ejército de muertos y bestias. Proclamado como nuevo shogun, los llevó hacia las tierras de Yamaná para continuar la conquista que su familia había dejado a medias tras su derrota en la batalla de Dan-no-ura.

 

2

Un día, Akane Hayasi viajaba desde una aldea cercana cargando en brazos con el hijo de su vecina, que había muerto de hambre, para encontrarse con unos parientes que se hallaban en el otro lado de las tierras de Mohime. Tras cruzar un puente, una pequeña criatura de cuerpo verde, con un cuenco de agua en la parte superior de su cabeza, apareció cortándoles el paso.

–  Niña, niña-dijo el Kappa-. ¿Qué es eso que llevas en brazos?

Akane se detuvo, y sujetó el niño con fuerza.

–  Niña, niña, hace días que no como. ¿No querrías dármelo para que me alimente? Y así te dejaré marchar. Si no, os devoraré a los dos, y os arrastraré por la corriente.

La muchacha dijo:

–  Jamás te entregaría la vida del niño. Si puedo pedirte un favor, pequeño demonio, es que me devores a mí, y a él le dejes marchar. Y si obras así, accederé en paz a ser tu cena.

Akane, aceptando su destino, hizo una profunda reverencia, y el Kappa, siendo como era, le imitó. Entonces el agua de su cuenco cayó a sus pies, y cuando vio lo que había ocurrido, se puso a llorar, pues los Kappa mueren si el agua de sus cabezas se seca. Tranquilizándole, Akane hizo llenar de nuevo su cuenco, y además pescó una carpa para el demonio. El Kappa entonces prometió dejarles en paz.

 

3

Danao había invadido las tierras del Shogun Motosuke, y pasado por la espada aldeas enteras. Esto había hecho llorar a la diosa Amaterasu, que lo vio desde la distancia y decidió que había que detenerlo. Pero Danao solo era fruto de su desesperación, y el zorro Izoge era prisionero de su maldad. Así que la diosa buscó entre todos quien creyera que podría dar paz a ambos demonios. Visitó a Akane y le pidió que viajase a las tierras del Shogun Danao y que encontrase allí al hombre que antes había sido cangrejo. Akane se negó, preguntándole a la diosa quién era ella para hacer frente a un hombre que, decían, acabaría conquistando el mundo entero. Había oído historias de esqueletos que salían de sus tumbas para unirse a la batalla, de espíritus de fuego, de un demonio con forma de mujer que llora la pérdida de todos los hijos muertos en la guerra, y de cangrejos que se comen a los prisioneros abandonados a la orilla del mar. Como respuesta, Amaterasu le entregó un cuchillo de coral blanco, y partió, recordándole a Akane cuál era su labor.

 

Akane hizo el camino opuesto a todos los que huían de los horrores de las espadas. Atravesó pueblos quemados y fortalezas derruidas, pilas de cadáveres y fantasmas que lloraban sobre los que habían sido sus cuerpos en vida. Algunos le señalaron el camino, y así llegó hasta el castillo de Danao. Allí se deleitaba con el festín de la victoria, y mujeres eran llevadas para divertir a los hombres de confianza. Akane se hizo pasar por Geisha y sirvió el té al Shogun, hasta que se quedó dormido. Fue entonces cuando ella sacó el cuchillo de coral e intentó cortarle, el cuello, pero él se despertó con el olor a sal y luchó contra ella.

La ató de manos y pies, y le colocó el cuchillo en el obi. Puesto que sabía que el mar era quien le había enviado a matarle, él se la devolvió, lanzándola desde lo alto de un barranco, a la profundidad de las aguas.

 

4

Entonces apareció Ryujin, que la rescató al reconocer el coral blanco tocando el agua del mar.

–  ¿Por qué has acabado aquí?-preguntó el dragón- No pareces una pescadora, ni te has resbalado allá arriba.

Akane le contó todo lo ocurrido, y le dijo que, si la dejaba sana y salva de vuelta a la costa, ella le entregaría el cuchillo de Amaterasu como regalo por su ayuda. Ryujin lo aceptó agradecido, pues adoraba el coral, pero había quedado sorprendido por la historia de la joven. Los Heike habían vivido en el mar durante centurias, y si Danao había regresado, es porque había escapado a su control. Así que a modo de disculpa rescató de las profundidades la legendaria espada Kusanagi, que los hombres Heike habían arrojado al mar cuando su derrota les había resultado inevitable.

Akane le dio las gracias al dragón del mar y, armada con el símbolo de los emperadores, regresó al camino una vez más. Se dirigió hacia los pastos quemados, derrotó a los hombres-cangrejo de Danao y dio muerte a los falsos espíritus llorosos. Mató a los demonios y a los hombres que le seguían, y finalmente, llamó a las puertas del castillo, donde hasta entonces, Danao se había refugiado para evitar enfrentarse a ella. Cuando se asomó y vio la Kusanagi, comprendió que Amaterasu quería su derrota.

–  Los Taira tuvieron su oportunidad-había dicho la diosa-. Los cangrejos deben seguir siendo cangrejos.

Danao salió a luchar entre las llamas de su castillo, consumido por las llamas de los demonios a los que Akane había aniquilado. Él se enfrentó a la Kusanagi, pero bastó un solo corte para romper su cuerpo como el de un jarrón. El cangrejo salió arrastrándose de vuelta al mar, y el zorro Izoge corrió al fin libre, devolviendo a los pocos muertos que quedaban a sus tumbas.

–  ¿Qué puedo hacer por ti? –preguntó el zorro en agradecimiento.

Pero Akane se había cansado de dioses y demonios, y solo le pidió que se alejara en libertad. Le llevó a las montañas, lejos del curso de los ríos, y le dejó marchar.

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