‘Sherlock’ — De lo mejor a lo peor

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La cuarta temporada de Sherlock ya ha comenzado su rodaje, justo después de que Benedict Cumberbatch termine su primera incursión en el universo Marvel. Y en esta ocasión tengo muy pocas ganas de volver a ver al mejor detective del mundo en Baker Street. Tras una primera temporada en 2010, Cumberbatch y Martin Freeman se hicieron famosos con una ya dilatada carrera a sus espaldas, y con ello llegaron no sólo nuevas oportunidades comerciales, sino también una serie de cambios en el show original que le hicieron pasar de lo mejor a lo peor.

Pero vayamos por partes.

Temporada 1

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Steven Moffat y Mark Gatiss, responsables de Doctor Who, comentaron una vez lo interesante que sería un retorno de Sherlock Holmes, personaje que conocen muy bien. Cuando estuvieron convencidos de que tarde o temprano alguien trasladaría al personaje victoriano a la época actual, decidieron hacerlo ellos mismos. El resultado fue un episodio piloto de una hora de duración que no estaba mal, pero que se notaba un poco flojo en algunos aspectos. Era una interesante TV Movie que a los jefes de BBC les gustó, pero quisieron hacer unos pocos cambios y alargar cada capítulo hasta la hora y media. En lugar de hacer un par de añadidos, decidieron tirarlo todo a la basura y volver a grabar. Así fue como llegamos al verdadero primer episodio, y ambos pueden verse juntos por curiosidad y para comprobar cómo el aumento de presupuesto y esta especie de “segundo borrador” les permitió estar más sueltos, más divertidos y más ágiles en el montaje.

Con una fotografía muy buena que nos ambienta en el Londres actual, Martin Freeman nos presenta a John Watson, un médico con estrés postraumático que regresa necesitando un compañero de piso. Así es como conoce a Sherlock Holmes, una especie de investigador privado a quien la policía recurre cuando necesitan ayuda con sus casos más delicados. Inteligente y con un gran talento para la investigación, Sherlock no tiene ni idea de cómo encajar en la sociedad, así que ambos funcionan bien en esa pequeña vivienda en Baker Street. El planteamiento es muy sencillo y recuerda mucho a la novela original de Conan Doyle, aunque con cambios muy evidentes en su segunda parte. No se siente forzado y los personajes han sido trasladados con honestidad a la época actual. El uso de teléfonos móviles y otros elementos encajan muy bien con la idea del detective, pero lo mejor de todo es que casi todo lo que vemos es tremendamente realista. Sherlock no es un genio, simplemente sabe observar. Descubre los detalles del cadáver de la mujer de rosa y hasta se gana en seguida las simpatías del público precisamente porque es un hombre ácido e inquisitivo. Es genial la frase en la que consigue que Watson admita que le aburre la vida civil con ese “oh, por Dios, sí” ante la idea de ver un nuevo cadáver. Todo es sencillo, coherente y deslita un humor muy negro a la vez que juega con lo que conocemos sobre el personaje, como ese falso Moriarty que se describe a sí mismo como el archienemigo de Sherlock y que resulta ser… Mycroft. En esta primera aventura todo queda muy bien atado, desde la mención a Moriarty pasando por la vena mujeriega no correspondida de Watson, a la aparición de ese taxista que propone un juego muy sencillo a Sherlock. Aquí vemos que la virtud de esta serie va a ser su interesante narración y estilo, aprobando con nota y dejándonos con ganas de más.

El segundo episodio, como ocurre en las tres temporadas de la serie, es siempre el más flojo, pero sólo porque es totalmente independiente de la Gran Trama Central de Moriarty. Aun así, es brillante porque propone no sólo un interesante misterio, sino muchas más dosis de humor y la aparición de un circo chino llevado por expertos asesinos. Aquí vemos que Watson intenta volver a ejercer la medicina y llevar una vida normal en su perpetuo intento de echarse una novia, pero trabajar con Sherlock hace que todo eso sea imposible. Dejando de lado que es brillante que Sherlock vaya a pedir información sobre pintura al graffitero que ensucia las paredes del National Portrait Gallery, la trama entera es emocionante, teatral y divertida. Hay acción, sorpresas e incluso tensión, y de nuevo tenemos esa interesante fotografía que lo hace todo más atractivo. Pero no es hasta la llegada del tercer episodio que aparece Moriarty haciéndose pasar por el novio gay de Molly Hooper, un personaje encantador interpretado por Louise Brealy, otra experta en la obra de Sherlock Holmes. La idea es simple: ir resolviendo pequeños enigmas hasta la gran revelación final. Aquí vemos a Sherlock enfrentándose por primera vez a su humanidad cuando Watson le confronta por no pensar en las pobres víctimas que transmiten los mensajes de Moriarty y que incluyen a una pobre anciana saltando por los aires. Esto nos da la posibilidad de ver varios episodios en uno solo, y que culminan en la primera presentación del villano, que además utiliza a Watson como hombre bomba (¿Cuántos os habéis fijado en el S.O.S. que lanza Watson en la piscina utilizando los párpados?) Aquí tenemos una nueva demostración de cómo con muy poco presupuesto (unos punteros láser que imitan unos rifles de francotirador), Sherlock es capaz de hacer maravillas. Es posible que este Moriarty sea una versión cargada de cafeína y sobreactuada del villano que todos tenemos en mente, pero eso no es algo malo. Cumple con su papel de ser opuesto a Sherlock, y eso nos lleva a un grandísimo cliffhanger.

Temporada 2

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La perfección de su primer episodio es algo que jamás volverá a rozar esta serie. Desde empezar en alto con ese cliffhanger resuelto a ritmo de los Bee Gees pasamos a la introducción de Irene Adler, convertida en Dominatrix y un personaje que llevará a Sherlock a un lado desconocido: el sexual. La trama nos cuenta que Adler tiene material confidencial, el típico mcguffin, y Sherlock se ofrece para recuperarlo dándonos un recital de humor y buenos diálogos. Los puñetazos entre ambos personajes, el disfraz de sacerdote, y hasta los esfuerzos de Watson por mirar a los ojos a una mujer desnuda nos demuestran que Sherlock ha vuelto muy ágil, mejor fotografiada, y con algunos juegos de cámara muy interesantes. Lo del boomerang es un poco estúpido, pero la forma en la que está reconstruida la muerte es sorprendente, incluyendo una cama hidráulica que se levanta para llevar a Sherlock hacia su habitación. No podemos decir lo mismo del forzado acento americano del agente secreto que amenaza con matar a Watson, pero que consigue que Sherlock se ponga más violento que nunca cuando ve cómo han herido a la señora Hudson. Sherlock tiene sentimientos, sí, pero es mejor que esas cosas no afloren a la superficie. Este Escándalo en Belgravia lo tiene todo, no sólo el juego del teléfono móvil, sino la interpretación de Lara Pulver, zalamera y engañosa a partes iguales. Su manipulación de Sherlock es como dice Mycroft, de libro de texto, pero la redención del personaje llega cuando finalmente descubre el código del teléfono móvil en una escena con una música perfecta y una respuesta que era evidente, y demuestra que Sherlock no entiende mucho de amor, pero sí de observación. Lo mejor de todo es ese epílogo donde tras los juegos sadomasoquistas de súplicas y peticiones, él aparece justo en el último momento. Como ya he dicho, un episodio perfecto al que no creo que vayan a hacer sombra.

Otro episodio algo más flojo el la adaptación de El Perro de los Baskerville, donde la leyenda sobrenatural que tanto interesaba a Doyle aquí es sustituida por una base militar al estilo Área 51 y un chico (Allons-y Alonso)  con recuerdos infantiles. Este guión obra de Mark Gatiss es muy extraño. Hay un larguísimo monólogo de Cumberbatch que aparece sin cortes pero en general, y aunque tiene un par de detalles buenos, este es el capítulo más flojo de los cinco que llevamos. Lo único interesante es ver cómo Sherlock sigue sin tener ningún tipo de apego por los seres humanos y se atreve incluso a drogar a Watson y experimentar con él, además de un vistazo al famoso Palacio de la Mente. Sherlock se suma así a Hannibal Lecter, otro personaje de ficción que también es conocido por sus recursos mentales, pero la versión que vemos aquí de un Palacio de la Mente es cada vez más irreal. Lo que empieza como un sistema en el que lugares físicos son mapeados en tu cerebro y convertidos en lugares de referencia para tus pensamientos (La forma más fácil de explicarlo consiste en imaginar una versión de tu casa donde aprendes a enlazar recuerdos con objetos, algo así como guardarlos en los cajones de tu escritorio) aquí se convierte en una inmensa biblioteca multimedia, y más adelante en toda una realidad alternativa. Sobra un poco y nos aleja de ese realismo que tanto nos llamó la atención, pero aún no hemos llegado a esos excesos que veríamos en The Abominable Bride.

The Reichenbach Fall es la culminación de la historia de Moriarty, cuando descubrimos que Sherlock se convierte en un detective privado famoso y empieza a atraer la atención. Es entonces cuando el villano prepara un plan para hacer que todos duden de su gran talento.  Si para nosotros este argumento no funciona es porque sabemos que Sherlock es en realidad el gran genio que dice ser, pero para el resto de personajes la duda es creíble. Moriarty es un experto en utilizar las mayores debilidades de su contrincante, como son su nula empatía por el ser humano o el rechazo que inspira en los demás por su arrogante inteligencia. Y si bien la interpretación de Scott sigue siendo forzada, su sobreactuación nos vale como contrapunto al calmado Sherlock, apareciendo incluso como un falso actor contratado por el investigador. Todo es brillante y está bien escrito, jugando con lo icónico del personaje y llevándolo a un nuevo nivel: Un suicidio escenificado saltando desde la azotea del Bart’s Hospital. La escena de la despedida de Watson es emocionante y está muy bien rodada, aunque adivinamos un poco del truco (quédate exactamente donde estás). La muerte de Sherlock es un cierre perfecto, y nos íbamos a quedar tres años esperando la resolución de este cliffhanger que no lo es tanto porque su protagonista no se quedaba colgado de un precipicio, sino que se precipitaba desde lo alto estampándose contra el suelo y quedándose sin pulso.

Temporada 3

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En los tres años, Cumberbatch y Freeman tuvieron tiempo incluso para rodar sus peripecias por la Tierra Media, interpretar a Julian Assange y hacer todo tipo de papeles. El regreso de la serie es quizá el mejor de los tres episodios de esta nueva temporada, y funciona genial cuando se centran en la historia en sí y no en el mayor error en el que cayeron sus responsables: el fan service.

La serie está tan llena de guiños y detalles que los fans adoran que es muy tentador darles a esos frikis lo que buscan, y perder un poco el norte o hacer que los personajes se comporten como caricaturas de sí mismos. Con ese prólogo ágil en el que nos van a dar distintas versiones de cómo sobrevive Sherlock encontramos mucho de paranoia y ficción homoerótica escrita por fans, y hasta éstos aparecen representados como el grupo que se reúne para discutir todas las posibles teorías. La chica que aparece junto a Anderson es el vivo reflejo de la Whovian que ha devorado todos los blogs y tumblrs posibles sobre el tema y está deseosa de compartirlo. Esta mezcla de ficción y realidad no queda tan bien cuando descubrimos que lo obvio, la trama, está cada vez más lejos de ese Estudio en Rosa o incluso Escándalo en Belgravia. El humor es cada vez más evidente convirtiendo la serie en comedia, y si bien hay un plano muy interesante  (la explosión del parlamento) y la aparición de Amanda Abbington, la mujer de Freeman interpretando a… la mujer de Watson, el nivel de calidad está muy por debajo de lo esperado. Visualmente es espectacular, y adivinamos la aparición de un villano mucho más parecido a nuestra idea de Moriarty, pero que tampoco despegará muy alto.

En El signo de los Tres tenemos una vuelta de tuerca original, centrarnos por una vez en Watson. Desde siempre, el médico y amigo de Holmes ha sido no sólo el autor de las novelas, sino que ha compartido en punto de vista del espectador, sorprendiéndose con la inteligencia de su compañero y sus hábiles deducciones. Pero aquí, Sherlock nos cuenta cómo de valiente, fuerte e importante es Watson para él… pero lo arruinamos con humor estúpido y comportamientos out of character que hace que reconozcamos a los personajes, pero no a los autores. La historia sobre el asesino que mata a militares a través del cinturón es algo floja, pero se debe al empacho de fan service. No hace falta mantener la coherencia si podemos meter a Sherlock borracho, a Watson y él de resaca o a los propios padres de Benedict Cumberbatch interpretándose a sí mismos. Y aunque haya un par de detalles curiosos, éstos quedan aplastados bajo la morralla, que va a convertirse en muchísimo más evidente en el tercer episodio titulado His Last Bow. Si ya hemos jugado con la virginidad de Sherlock, ponerle aquí una novia no significa tanto una treta suya para entrar en un edificio que una forma de jugar con el personaje. La revelación de que Mary es en realidad una asesina queda bien justificada (Watson se siente cómodo con personas extremas), pero el gran error aquí es el villano, Magnussen, que se dedica a hacer chantakje (sin pruebas) a ciertos de personas y que conoce sus puntos débiles. Es obvio que sus gafas no son mágicas, pero aquí entramos de nuevo en los Palacios de la Mente, cada vez más exagerados que nos damos cuenta de que, al final, los guionistas ya no se esfuerzan demasiado. En el caso de Moffat, ha llegado al mismo punto también en Doctor Who, donde tiene los guiones listos a tiempo pero donde no vemos un esfuerzo o coherencia mínimos. Hay que rellenar cinco páginas de guión y no importa cómo ni el qué. Y es el mayor lastre de una serie que ha perdido todo rumbo y se ha visto atrapada en su propio hype. La aparición de Moriarty puesto de anfetaminas y la exagerada imaginación de Sherlock confirman la teoría de que no importa lo que pase, mientras pase algo en la pantalla. Y al final, Sherlock se convierte en asesino, pero no hay gran cosa que Magnusen pudiese hacer en su intento de Blackmail, porque todo estaba en su cabeza.

The Abominable Bride.

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Aunque ya hice un post sobre este especial, en resumidas cuentas adolece de lo mismo que la tercera temporada: un exceso de autoimportancia y guiones enrevesados típicos de Moffat que no entienden de lógica. Acabamos sabiendo que en este viaje lisérgico Sherlock intenta resolver un crimen parecido al de la muerte de Moriarty como si hubiese ocurrido en la época victoriana, pero cuando nos dicen que las responsables son una hermandad secreta de feministas que están en su derecho de asesinar a hombres que las han ignorado nos preguntamos si al menos el guior se ha leído antes de empezar a rodar. Es el problema de dar una gran fama a una idea prometedora, y explotarla con unos responsables que saben que cualquier cosa que hagan va a tener éxito. La cuarta temporada lo tiene muy difícil para volver a los orígenes que hizo que nos atrapase tanto la dinámica entre estos personajes, su agilidad y calidad técnica, y también la inteligencia genuina de sus guiones más que una pretenciosa forma de grabar.

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