Quiero ser Youtuber

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Los niños españoles ya no quieren ser futbolistas. Ahora lo que les va es ser Youtubers, estrellas de internet que amasan dinero gracias a la publicidad, las visitas, los tweets y el contenido audiovisual. Lejos de ser una moda, lo que sí es cierto es que ahora parece que vivimos en el boom de las estrellas del social media, con personas que se han convertido literalmente en celebridades solamente porque una vez se hicieron una cuenta en Twitter o Youtube. Es el caso de PewDiePie, un chico suizo con más de cuarenta millones de suscriptores en Youtube, y de miles de personas que han conseguido ganarse la vida con una webcam (y en ocasiones, sin desnudarse).
Pero ser Youtuber no es fácil. Entre los muchos que lo intentan sólo unos pocos consiguen el nivel de reconocimiento y fama que Smosh o incluso Laina, la chica que subió un vídeo parodiando la canción Boyfriend de Justin Bieber y que se convirtió en un meme sobre relaciones tóxicas. Lo que realmente hace que permanezcan en el negocio es aparte de la suerte, un flujo constante de trabajo y saber encontrar su público, generalmente joven y muchos de ellos centrados sobre todo en el mundo de los videojuegos o las series de televisión.

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Admitámoslo: internet es sobre todo el campo de los jóvenes. Son los que más acostumbrados están a seguir cuentas y a la cultura del compartir o poner su vida online a través de Instagram. Es una forma de vivir un poco extraña para muchos de los que pasan los cuarenta años (estoy generalizando), así que muchos padres no entienden exactamente a qué se refieren hoy día con ser una estrella en internet. Como le ocurrió a Pedro Simón, periodista de El Mundo y a quien le encargaron entrevistar al chico de la web más famoso de España: Elrubius. La entrevista se propagó con rapidez y surgieron un montón de críticas por parte de los fans, que alentados por el propio youtuber dejaban claro que la prensa manipulaba o mostraba una versión pobre del trabajo que el chaval realiza, hasta el punto que ha asegurado no volver a conceder entrevistas porque para hacer cualquier tipo de declaraciones ya tiene su propio canal, que él controla y nadie puede manipular. Pero en realidad, los que critican el texto demuestran que en la cultura del retweet, raras veces se leen los textos completos. Y eso queda claro cuando muchos de sus admiradores disfrutan con las fotografías que acompañan a la entrevista, pero fallan al entenderla.

Vayamos por partes. Cuando haces algo público debes esperar críticas. Es algo que cualquiera (y más él), sabe. No es algo malo que opinen que no tienes ni puñetera gracia (como ya hizo Carlos Boyero, una persona que tiene pinta de escribir sus críticas de cine con una Olivetti de los años sesenta), pero lo particular de la entrevista de El Mundo es que estaba hecha por alguien que no tiene ni Twitter, ni Facebook ni sabe en qué consiste ser un troll. Intentaban mostrarnos el enorme salto generacional en lo correspondiente al uso de las nuevas tecnologías, y no era especialmente duro con el chico. Al contrario, lo mostraba como alguien normal a quien no siempre le ha resultado fácil vivir con el peso de la fama que ha conseguido a base de vídeo chorra y canción pegadiza. Si a muchos se les encogió el corazón cuando Elrubius lloró frente a Risto Mejide, la diferencia parece ser que como siempre una imagen vale más que mil palabras y además se necesita mucho menos tiempo para entenderla.

El problema con elrubius u otros muchos youtubers, al menos para el entrevistador, es que su fama se debe simplemente a vídeos absurdos, y es una opinión que muchos compartimos en Twitter a lo largo de este fin de semana donde chocamos con fans que nos invitaban amablemente a abrir los ojos y darnos cuenta de que la prensa está haciendo un mal trabajo. Hasta algunos han dicho que es normal que en este país se critique la contribución audiovisual con talento y se ensalce la tauromaquia como sinónimo de cultura. En lugar de desviarnos (por si queda alguna duda: odio la tauromaquia con toda mi alma), vamos a centrarnos en el tema, y quiero dejar claro que no tengo ningún problema con los Youtubers. ¿Cómo podría? Hacen exactamente lo mismo que cualquiera con Facebook, WordPress, Twitter, Pinterest, Tumblr, Intagram y hasta cuenta en xvideos.com. Comparten con el mundo sus intereses y creaciones con la diferencia de que permite verles la cara, escucharles y en definitiva, parecer más humanos que un twitstar cualquiera.

Al igual que hay escritores fantásticos en blogs o fotógrafos increíbles en Flickr, la única diferencia es cómo se utilizan esas plataformas. Muchos han creído que es una forma rápida de hacer dinero gracias a la publicidad, y arrastrados por esta corriente nueva, llegan armados con canciones sobre naruto o vídeos trolls donde hacen la última chorrada que se les ocurra. En contraste con personas como por ejemplo Anita Sarkeesian, que utilizó su canal The Feminist Frequency para analizar la industria de los videojuegos y el papel de las mujeres en ellos, muchos simplemente hacen versiones más modernas del estilo que impulsó Jackass.
Ese es el papel de elrubius, al mismo nivel que cualquier chaval de su edad que decidió grabarse mientras jugaba a videojuegos o hacía el ganso con sus amigos, y que tuvo una repercusión inesperada incluso para él. Con vídeos titulados “cómo molestar a tus vecinos”, “gatos, pepinos y fútbol” y cientos dedicados a cómics y videojuegos, muchos han adoptado la moda de hacerlo todo a gritos, con un humor facilón e infantil y dedicado sobre todo a preadolescentes con teléfono móvil. Es, como él mismo dijo en su entrevista televisada, su público.

En El Mundo, uno intuye que el periodista al final se acaba preguntando: Muy bien, pero este chico… ¿Qué hace? Y la respuesta que a muchos, incluso sus propios fans, incomoda es que simplemente… es eso. No hay nada más. Su libro es una sucesión de ilustraciones y retos para ser un troll, para hacer el idiota en centros comerciales, para hacer lo que de toda la vida han hecho los chicos de su edad, pero magnificado. Porque desde que apareció la fibra óptica, los niños que se tiran ocho o diez horas seguidas jugando al ordenador no tienen por qué ser antisociales, sino que han adaptado a la sociedad o su relación con otras personas a lo que comparten en sus cuentas. En otras palabras: el mundo existe en internet, donde lo pueblan con sus vídeos, sus covers, sus AMVS de One Piece o El ataque de los titanes, sus walkthroughs o lo que les interese. Park Seo Yong gana diez mil dólares al mes simplemente por comer delante de una webcam. Y como siempre, entre tanto contenido de calidad como puede encontrarse, la gente tiende a acabar siguiendo y venerando a los peores ejemplos, los más zafios y ridículos. El único problema es que muchas de estas personas no generan ningún tipo de contenido más allá del pasajero vídeo sobre pegarle cinta adhesiva a tu gato o mostrar una ilusión óptica con un traje, lo que puede llegar a ser considerado contenido basura, listo para ser digerido en menos de ciento cuarenta caracteres. Y cuando apagas el ordenador o te quedas sin batería en el móvil es cuando te das cuenta de que la fama y la importancia de todas estas personas reside en algo tan poco tangible como una lista de followers, y que al final, incluso el propio elrubius no parece entender muy bien qué demonios está haciendo, o cuánto durará, o por qué le siguen cinco millones de personas.

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