‘El Desafío’ (The Walk) – Para siempre

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En 1974, Philippe Petit, un funambulista francés de 24 años, cruzó el espacio entre las torres gemelas del World Trade Center caminando sobre un cable de acero. Durante cuarenta y cinco minutos y valiéndose sólo de su equilibrio, se mantuvo a más de cuatrocientos metros de altura mientras el público y la policía no podían menos que esperar a que terminara o se precipitase al vacío. Tras el documental Man on Wire, Robert Zemeckis decidió adaptar la historia al cine en el que es su regreso a la acción real tras más de una década casi dedicada por completo al cine de animación.

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Antes de que me digáis que Zemeckis ya dirigió a Denzel Washington en 2012 en El vuelo, os recuerdo que he utilizado la palabra “casi” en el párrafo anterior. Y en realidad, el director ha pasado muchos años con cintas como Polar Express, Beowulf o cuento de navidad, siguiendo la estela de otros muchos profesionales que se han dejado seducir por la experimentación con la tecnología. Y sí, en Zemeckis se entiende porque sus películas siempre han sido un espectáculo visual , y que hacen que parezcan sencillas todas las triquiñuelas necesarias para realizarlas. Un simple vistazo a Regreso al Futuro 2 da para varias horas de conversación, algo que quizá haga algún día en este blog. Por ejemplo, ¿Cómo consiguen que el mismo actor interactúe consigo mismo en una escena? ¿Cuándo cortan a un doble para ahorrarse efectos digitales innecesarios? ¿Por qué Doc Brown le da un destornillador a su versión de 1955 tras una farola, o por qué la cámara se centra solamente en Biff Tannen cuando su viejo yo del futuro le da una colleja en la escena del almanaque? Y eso sin entrar en lo complejo de Forrest Gump y sus escenas con los presidentes de los Estados Unidos o John Lennon, que son todo un prodigio de la planificación.
Sin embargo, en alguna parte de sus últimos trabajos, Zemeckis se olvidó un poco de que al final, lo más importante de una película es la historia que cuenta, no la tecnología utilizada para realizarla. Lo que la verdad esconde, aparte de darnos un buen Harrison Ford en un inusual papel de villano, hacía demasiadas virguerías, y así hasta la llegada de The Walk.

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¿Por qué hacer una película cuando tenemos un buen documental sobre el mismo tema? Quizá porque así podemos jugar más con las emociones y el dramatismo, y de paso, tener la confirmación de que Joseph Gordon-Levitt está consiguiendo, a base de trabajo duro y poca necesidad de llamar la atención, convertirse en alguien a tener en cuenta. Es increíble lo bien que este chico es capaz de actuar, sobre todo teniendo en cuenta que durante toda la película tiene que mantener el acento francés, razón de más para verla en versión original, donde habla directamente a la cámara. The Walk nos muestra un poco de la vida de Philippe Petit y su obsesión con las torres gemelas de Nueva York, donde se infiltró mientras estaban en construcción para planificar el que es llamado “crímen artístico del siglo”. Con una arrogancia que según él era necesaria para acometer la tarea, lo mejor de esta película es el juego constante con el espectador, el montaje bien realizado y la conseguida sensación de vértigo. Zemeckis no puede evitar mostrarnos qué vio o sintió Petit cuando estaba en el cable, y ponernos de los nervios cuando vemos el nulo miedo a las alturas de sus protagonistas. Parece que esta es otra de esas cintas donde aprovechan al máximo la tecnología en 3D, pero aunque yo no la haya visto en este formato, es capaz de conseguir resultados muy parecidos. Y aun así, lo más impresionante es la certeza de que todo eso ha tenido que grabarse en un estudio y que las torres gemelas que tan bien representadas aparecen no son más que imágenes generadas por ordenador. No hay menciones a lo que ocurrió más tarde que todos sabemos, excepto quizá una última y muy sutil imagen, pero no podemos dejar de pensar en ello porque el acontecimiento fue demasiado grande como para que nuestra generación pueda relegarlo a la parte de atrás de nuestro cerebro. En realidad, no creo que haga falta un excesivo homenaje a la catástrofe que sucedió allí, porque el tema de la película ya nos da la suficiente perspectiva de por sí como para enterderlo. Para fijarnos en lo pequeña que es la figura de un hombre y lo cerca que estuvo de la muerte, junto con la certeza de que para vivir, pero para vivir de verdad, tenía que realizar proezas como esa, que escapan a la lógica, la razón y hasta la legalidad. Pero que no pueden impedir que los policías al final tengan que esperar con el corazón en el puño porque no saben si están presenciando un delito o algo impresionante que jamás nadie repetirá. Y eso nos hace tener un poco de perspectiva acerca de la nuestra fragilidad, de lo difícil que es el auténtico talento, y lo fácil que es en comparación un acto de violencia tan aleatoria y sin sentido como lo que ocurrió décadas después.

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