Matt Damon, Cara Delevingne, Kristen Stewart… estrellas víctimas de Internet

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Cara Delevingne, modelo y protagonista de películas como ‘Ciudades de papel’ o la próxima ‘Suicide Squad’, es conocida por su mala leche. No quiere decir que tenga mal carácter o sea desagradable con sus fans, sino que no parece acomodarse a las exigencias de Hollywood o la prensa. A finales de Julio en lo que parecía ser una entrevista intrascendente para promocionar su último trabajo, los presentadores de ‘Good Day Sacramento’ propiciaron uno de los vídeos virales del verano.
Para empezar, al presentar a la actriz dijeron mal su nombre varias veces, trataron de forma condescendiente con preguntas acerca de si le costaba mucho concentrarse o si incluso había leído el libro de John Green en el que se basaba la novela. Arqueando sus desmesuradas cejas, ella respondió que por supuesto no había leído ni la novela ni tampoco el guión, sino que lo hizo todo por intuición. Esta muestra de humor británico parece que no llegó al cerebro de los presentadores, que finalmente le preguntaron por qué no estaba tan activa y animada como en otras ocasiones y si necesitaba un Red Bull para animarse. Cuando la transmisión se cortó, la presentadora del programa sólo se le ocurrió decir: “¡Vaya, de qué humor estaba!”.

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Quizá porque hacía calor y había pocas noticias o porque lo que hacen los famosos es supervisado con lupa y ella estaba de moda, la entrevista a Cara no cayó en el olvido. Reproduciéndose y comentándose en ese gran patio comunitario que es Twitter, ella fue la primera que contestó con la foto que podéis encontrar más arriba. Desde entonces muchos han comentado que Delevingne es demasiado salvaje para Hollywood, añadiéndola al grupo de celebrities problemáticas sólo por su incapacidad para someterse a las maratonianas sesiones de entrevistas o no presentar esa fachada de amabilidad a la que estamos acostumbrados. Eso no quiere decir que sea una estúpida, sino que hemos llegado a un punto en el que cualquier acto de un famoso por pequeño que sea, es comentado y diseccionado por el público gracias al rápido acceso a través de las redes sociales. Esto ha acercado a las estrellas del cine y la música rompiendo las barreras que siempre había habido entre el público y sus ídolos, pero también como dijo Elizabeth Taylor, parece haber roto un poco “la magia”. A día de hoy no podríamos entender que un actor emergente o un grupo de música no tuviesen cuenta de Twitter o Instagram, y el contacto directo con los fans (que son no sólo público, sino también clientes de una marca) es muy importante para recordarles que están ahí y mantenerles al tanto de todo tipo de novedades. Las fotos y vídeos tanto de paparazzi como de fans que esperan unos autógrafos a la salida de un concierto se comparten y revisan, y cualquier cosa es susceptible de ser magnificada y alcanzar el temido estatus de viral.
Porque no todos los famosos gozan del cariño de la prensa. Algunos, como Benedict Cumberbatch o Jennifer Lawrence, parecen haber caído bien ya que proporcionan buen material sin necesidad de hacer gran cosa. Sus vídeos del Ice Bucket Challenge del año pasado, sus photoboms o incluso entrar en el juego de los memes basados en su imagen les hace parecer más humanos y cercanos a nosotros, hasta el punto de que mucha gente cree conocerte. Los famosos de ahora buscan la cotidianeidad porque es lo que al público le gusta, como lo es huir de las grandes fotografías de las alfombras rojas y pasar directamente a tomas hechas con el móvil y subidas a Instagram, o ver a Harrison Ford y Meryl Streep comiendo una pizza.

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Esto ha cambiado la imagen del Famoso, dando en ocasiones más prioridad a su vida personal que a sus propios trabajos. Actores como Kevin Spacey por ejemplo son muy reservados con su vida privada porque entienden que cuanto menos sepas sobre él, más fácil te resultará creerte lo que haga en su pantalla. En el otro extremo encontramos a Brad Pitt y Angelina Jolie, que conocieron un tiempo en que formaron un ser bicéfalo llamado Brangelina que copaba todas las revistas y webs de cotilleos hasta rozar el agotamiento de la fórmula.

Esta forma de acercamiento, que puede ser activa (por su Twitter, Instagram o vídeos en Youtube) o pasiva (paparazzi y filtraciones de los fans), no es nunca objetiva. Si parejas como Emma Stone y Andrew Garfield caen bien al público, Buzzfeed encontrará una forma de crear artículos basados en la explotación de su imagen simpática. Pero en el otro caso podemos encontraros actrices que caen “mal” y que hace que los medios se centren en sus aspectos negativos porque precisamente son estos los que “venden” al famoso en sus revistas y les dan beneficios. Es el caso de Kristen Stewart, que interpretó a la desinflada Bella Swan en Crepúsculo ganándose el odio de todos aquellos que pensaban que los libros, junto con sus adaptaciones cinematográficas, eran de una calidad muy pobre. La idea de que Stewart era incapaz de mostrar expresiones en las películas se tradujo en un meme acerca de que ella nunca sonreía o era lánguida y sosa, haciendo que los fotógrafos buscasen siempre dar la impresión de ser un androide sin músculos faciales. Todo lo contrario que la protagonista de los Juegos del Hambre, que siempre parecía activa, alegre, pizpireta y patosa, cualidades que se explotaban en ella. Robert Pattinson se quejaría de que por mucho que Kristen sonriera o gesticulase, la fotografía de su compañera que acababa en las portadas era una en la que mantenía un rostro serio.

Hace dos días Richard Madden, que interpretó a Robb Stark en Juego de Tronos, comentó en una entrevista que la actitud de Cara Delevingne en Good Day Sacramento le pareció infantil y poco profesional, asegurando que promocionar una película consiste en sentarse ocho horas al día durante seis semanas respondiendo las mismas cuatro preguntas, y que si no podías aguantarlo, no debías trabajar en ello. La reacción de Cara no se hizo esperar y le contestó directamente en Twitter en un mensaje que pudieron ver los casi cuatro millones de seguidores de ella y los de todos los que compartieron. Algo muy parecido pasó en la última gala de los MTV Video Music Awards, en los que Nicky Minaj recogió un premio para dar paso a Miley Cyrus diciendo que “era hora de volver con esa zorra que tenía mucho que decir el otro día de mí en la prensa. Ey Miley, ¿Mereció la pena?”. O incluso con la pelea por Twitter que Minaj mantuvo con Taylor Swift. La reacción tanto de Madden o Cyrus fue el más habitual de los tópicos asegurando que sus palabras habían sido sacadas de contexto. Es también lo que le ha pasado a Matt Damon cuando en un vídeo de su proyecto ‘Greenlight’, en colaboración con Ben Affleck, comentaban la diversidad racial en Hollywood. Una frase un poco absurda que muchos no entendieron, víctima seguramente de la edición de la entrevista alcanzó el nivel de Trending Topic entre acusaciones de ser un racista. Curiosamente dos días antes todos le habían alabado cuando criticó a Donald Trump precisamente… por racista.

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Y es que dar entrevistas puede ser arriesgado, porque cualquier frase, incluso cualquier comentario personal que crean que no va a ser emitido, puede ser lo que acabe en la portada. La diferencia entre lo que ellos dicen y lo que recibe el público muchas veces pasa por el filtro personal del periodista, paparazzi o medio que publique sus declaraciones, y se buscan titulares impactantes que obliguen al lector a hacer click en la entrada para conseguir visitas e ingresos. De ahí que a pesar de ser odiados por el público Justin Bieber, Cincuenta Sombras de Grey o el propio aspirante a la presidencia Donald Trump aparezcan en artículos que usan su imagen, nombre y actos para tener algo de lo que hablar. Da igual lo que sea. Ellos son famosos, su nombre vende y muchos hacen negocio nombrándolos.

Por supuesto, esta cercanía inmediata permite al público también conocer bien a sus actores favoritos. Todos hemos visto a Mel Gibson llamando “capullo” a un presentador en directo o conocido los desmanes e insultos que Bruce Willis suele regalar a sus entrevistadores o compañeros de rodaje como Kevin Smith o Sylvester Stallone. Hace años no hubiésemos sabido por qué el protagonista de La Jungla de Cristal habría rechazado salir en The Expendables 3, pero fue Rambo quien en su cuenta de Twitter (que maneja él mismo y no un becario como con la de Tom Cruise), comentó que se debía a que Willis era “orgulloso y vago”. Tampoco que exigió más de los tres millones de dólares por cuatro días de trabajo que le ofrecían por su participación, y que fueron a parar al bolsillo de Harrison Ford.
Ford, por su parte, es uno de los actores más queridos y admirados del cine en las últimas décadas, y su trabajo es tan conocido que mencionarlo aquí sería ocupar espacio. Pero eso no quiere decir que su relación con los fans haya sido siempre alegre. Muchos le consideran desagradable o gruñón, y no se dan cuenta de que Ford pertenece a una época anterior en la que los actores sólo tenían encontronazos con los fans en ocasiones especiales o en la calle, donde un saludo o un par de palabras bastaban para contentarlos. Él no sólo no es un gran fan de la Comic Con, sino que también parece molesto con la dinámica guay y transgresora de algunos programas de la MTV que se especializan por asaltar a los famosos para pedirles que le griten FUCK YOU! a la cámara. Él no se vende a sí mismo, cumple con sus obligaciones contractuales aprendiéndose muy bien lo que tiene que decir en cada entrevista y luego desaparece. En realidad, Harrison Ford padece ansiedad y miedo a hablar en público, y en todas sus entrevistas jamás deja sus manos quietas un segundo. Así que su aspecto gruñón es más bien un escudo en el que se protege y que exagera para darle al público lo que quiere, y con el que juega constantemente como con su cameo en la película de Sacha Baron Cohen en la que interpreta la versión más desagradable de sí mismo.

Muchos podrían decirles a Ford, Willis o Kristen Stewart que sonrían y actúen en las entrevistas, al fin y al cabo les pagan mucho dinero por ello y actuar es su profesión. Pero luego surgen las voces defendiéndolos, como Gillian Anderson, que en sus primeros años como actriz de éxito tuvo que soportar los mismos comentarios que Kristen acerca de sonreír y darle a los medios lo que buscan. Pero es que tal vez ellos no se sientan con ganas ese día. Y por supuesto, llega un momento en el que te encuentras con miles de fans de camino al supermercado que quieren no ya sólo estrecharte la mano, sino un autógrafo, una broma, un selfie o incluso pedirle a Robert De Niro un vídeo para su VINE.
En el otro extremo tenemos a Tom Cruise, cuya profesionalidad en la promoción de las películas casi asusta, tomando tres aviones en un día, tratando con cariño y su exagerada risa a los fans, haciéndose todas las fotos necesarias y apareciendo donde haga falta. Curiosamente Cruise es una de las estrellas donde su vida personal, que es un pozo negro de información, sólo aparece para causarle problemas especialmente por su participación en la Iglesia de la Cienciología y donde se cuestiona incluso el trato que le daba a su hija Suri, a la que no ha visto desde hace más de un año por estar demasiado ocupado trabajando para el cine y la secta alienígena. Los medios optan por tratar a Cruise de las dos formas, admirados por su carrera y disfrutando de la destrucción del ser humano que hay tras ella, y en su caso, sus publicistas han sido indispensables para mantenerle a flote. Prueba de ello es la entrevista a Oprah donde dio tumbos en el sofá y que se repite como la constatación de que Cruise perdió el juicio hace mucho y oculta su homosexualidad. Salvo que en realidad eso no ocurrió. Lo que pasó es que el público del programa de Oprah no dejaba de aplaudir y gritarle incluso interrumpiendo la entrevista, por lo que en realidad lo que hacía el protagonista de Misión Imposible era jugar con la gente que parecía estar más entusiasmada de lo normal al ver a un famoso. Los saltos y gritos cortados y editados nos muestran a una persona desequilibrada, pero la realidad era que el programa estaba siendo constantemente interrumpido por un público que no dejaba de gritarle cosas y aplaudir por mucho que los regidores intentaran calmarlos.

¿Ofrecen los medios una representación adecuada de los famosos? No. Ya hemos visto que muchas veces explotan la imagen preconcebida que el público tiene de ellos no concediéndoles mérito jamás, o haciéndolo a regañadientes, como la profesionalidad que demostró Cruise con el entrevistador que le tiró agua a la cara. Lo malo es que a pesar de que el actor no sólo no se fue, sino que le cogió de la mano al reportero para preguntarle calmadamente por cuál hubiese sido la gracia del chiste, muchos encontraron la forma de criticarle. También cuando otro reportero buscó la polémica besando en la boca a Will Smith, haciendo que el actor le diese una bofetada en directo, y que fue el mismo tipo que simuló hacerle una felación a Leonardo Di Caprio en una alfombra roja o pegó un puñetazo a Brad Pitt en la presentación de Maléfica. Y el problema es que ahora nos enteramos de todos estos acontecimientos en tiempo real, y los actores no son los rostros de los carteles de hace décadas. Ahora han de estar presentes y ser ágiles, divertidos, originales, tocar la guitarra, hacer chistes o servir de entretenimiento para el público que aplaude hasta sus últimas consecuencias, como puede comprobar cualquier estrella extranjera que visite en plató de El Hormiguero y donde Charlize Theron o Kristen han dejado claro que lo que menos hacen es divertirse. Hasta Ben Kingsley fingió ponerse enfermo y el propio Harrison Ford se encargó de soltar un par de pullitas a las hormigas de peluche acerca de la ilusión que les hacía volver a verlas.

No es que Cara Delevingne, Tom Hardy o Kristen Stewart sean demasiado desagradables, es que creemos que tienen que ser nuestros amigos cuando los entrevistamos o conocemos en una presentación. Un selfie, el culmen de la era digital, no quiere decir que seamos cercanos o quieran que les toquen. Los famosos son simplemente personas que por su trabajo son conocidas por el resto de la gente, y que si bien eso conlleva encuentros con fans o firmas de autógrafos, no puede sobrepasarse cualquier límite. Tampoco que puedas tomarles fotografías como la de Keanu Reeves comiéndose un sándwich en la pausa de un rodaje o clasificarlos como desagradables porque ese día, por cualquier razón, no se para paran complacerte. También deberíamos analizar todas las noticias que nos llegan de ellos y ver si en realidad salen por su cuenta o son artículos montados por medios que necesitan llenar espacio y poner una foto suya para dar a entender algo que no es, manipulando la imagen o simplemente creándola para el disfrute de un público que tiene que saberlo todo, compartirlo todo y comentarlo todo. Un público deseoso de saber qué juguetes de LEGO construye Ed Sheeran en su autobús mientras está de gira, en cuántas fiestas se cuela Bill Murray, cómo es Daniel Radcliffe en un karaoke con su novia o cómo es Demi Moore sin maquillaje.
Es posible que de aquí a un tiempo esta burbuja estalle y empiece a valorarse que los famosos oculten al máximo sus vidas para evitar ser víctimas de una moda pasajera de este monstruo que es internet y el público pegado a sus teléfonos móviles, los mismos que quieren que Tom Hiddleston baile en cualquier situación. Dejar algo a la imaginación junto con el respeto a su intimidad y la constatación de que ellos también son seres humanos.

“El cartero quiere un autógrafo. El conductor del taxi quiere una foto. La camarera quiere un apretón de manos. Todo el mundo quiere un pedazo de ti.” John Lennon.

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  1. #1 por ofertas peluqueria madrid el 21 septiembre, 2015 - 11:43

    Ser famoso no es la vida que desearía para mis hijos si te soy sincera.

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