‘Apocalypse Now’ – Viaje al corazón de las tinieblas

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Algo tenemos que concederle a George Lucas: que no sólo dejase a su amigo Francis Ford Coppola la dirección de esta película sino que le aconsejase trasladar la acción de la novela de Joseph Conrad a la guerra de Vietnam.
Apocalypse Now es posiblemente la cinta bélica más impresionante y compleja que se ha estrenado, larguísima como una mala carretera y llena baches que la convierten en una experiencia única. Este puede ser el trabajo más importante del director de El Padrino, y uno con el que se ganaría el cielo debido a todas las complicaciones de sobra conocidas que no voy a repetir aquí. Porque remontar río arriba hacia el campamento del coronel Kurtz fue para todos un auténtico viaje a los infiernos.

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Sí, Martin Sheen estuvo a punto de morir de un infarto en el rodaje, Coppola perdió cerca de doscientos kilos y Marlon Brando tuvo tantas exigencias que empezamos a creer que sólo se comportaba así porque sabía que le harían caso, pero eso no es lo importante de la película, sino lo son los numerosos detalles, simbolismos, escenas y grandes angulares que nos muestran un mundo en guerra que jamás ha parecido tan real. Da igual lo impresionante que fuese el desembarco en Normandía de Salvar al Soldado Ryan, aquí cuesta creer que lo que estemos viendo sea ficción y no un documental. Pero además logra compensar la espectacularidad con un viaje íntimo hacia la locura y la comprensión del horror a través de los verdes ojos del padre de Charlie Sheen. Él, el capitán Willard, es requerido por sus superiores para llevar a cabo una misión secreta en Camboya, donde un antiguo alto mando estadounidense ha cambiado de bando y se ha refugiado en la jungla arropado por un poblado de nativos que le tratan como si fuese un Dios. Willard, que ha matado a varios hombres, ve diferente tener que ejecutar a uno de los suyos, y más en una guerra que todos conocen como despiadada y sin cuartel. Pero a la vez, se siente bien de estar de nuevo en activo, porque la guerra es la única forma de vida que entiende.

Coppola tiene una forma muy curiosa de rodar. Se recrea en detalles como la comida y la aparente civilización de los jefes que le reclutan, y sí, ya sé que sale un joven Harrison Ford antes de ascender al estrellato con otra película de Lucas. Willard se siente descolocado y como en trance, y sólo es él mismo cuando llega al frente. A pesar de que gran parte de la película transcurre en la lancha que les lleva hacia el campamento de Kurtz, tenemos tiempo de sobra para presenciar bombardeos y masacres de todo tipo, como la célebre cabalgata de las Valkirias que el personaje de Robert Duvall utiliza para acojonar al vietcong.

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Duvall sólo aparece unos minutos en pantalla, pero el coronel Kilgose llegó al Olimpo de los personajes famosos por su comportamiento tan ridículo que contrasta con la seriedad de toda la cinta. Es la clase de militar que ha perdido por completo el Norte y se entretiene con juegos absurdos a los que da aparente normalidad. El ritual de las cartas de la muerte, obligar a sus hombres a hacer surf o sus repentinos cambios de humor como cuando va a dar agua a un enemigo herido al que olvida de inmediato cuando algo le llama más la atención contrasta con la sobriedad de Willard y su rostro desencajado, casi como si estuviese presenciando todo desde muy lejos de allí. El bombardeo a la aldea es de las cosas más impresionantes que jamás se han rodado, con una fotografía muy cuidada y un montaje tan ágil que cuesta creer que esta película tenga ya casi cuarenta años. Todo se ve real y cercano, con un tono realista que poco a poco irá quedando atrás cuando nos acerquemos a Kurtz, a quien representan casi como una araña en el centro de esta inmensa red que es Vietnam, la crueldad, la muerte y la locura.

Y es que cuanto más avanzamos, menos sentido parece tener todo. Willard estudia a Kurtz y comprende sus motivos para aborrecer el ejército del que forma parte, y a la vez, él mismo empieza a ver lo ridículo de su conflicto. La escena en la que aparecen las conejitas del Playboy demuestra lo locos y estúpidos que son los soldados, y cuando más adelante se las vuelvan a encontrar y arreglen un encuentro a solas con ellas, harán lo imposible por arrastrar la líbido por el suelo y demostrar que hasta la imagen de éxito y felicidad de las playmates del año no es más que una mentira. Otro buen ejemplo es ese fundido a negro que demuestra que la guerra es una mierda tras el asalto a la barca llena de alimentos que tienen que registrar y donde acribillan a los vietnamitas cuando una de las chicas hace un movimiento inesperado… que no buscaba sino proteger a un cachorro. Es Willard quien se da cuenta del sinsentido de sus compañeros que aprietan el gatillo y luego, arrepentidos, intentan curar las heridas de la mujer, rematándola de un disparo.
Para cuando llegamos al puente de Do Lung, quizá por el ácido que se mete uno de los protagonistas, vemos una escena onírica y casi irreal con hombres atrincherados, casi como fantasmas. Allí no hay cadena de mando ni tampoco operaciones especiales. Solamente un grupo de hombres que espera no sabemos muy bien a qué, mientras protegen un puente que se construye durante la noche y se derriba durante el día. Como vemos cada escena es más intimista que la anterior, y quizá por eso me sobre muchísimo el añadido de Redux, la versión extendida que Coppola estrenó en 2001, referente a la plantación francesa. Es un alto en el camino denso, pegajoso y que corta por completo la idea de que no hay nada más allá del puente, y hasta hay quien defiende que esos franceses son en realidad fantasmas y que todo es una ensoñación de Willard, una teoría poco creíble que sí demuestra lo extraño de este inserto, por muy profundas que sean sus discusiones sobre la naturaleza de la guerra y la implicación de los Estados Unidos en la creación de sus propios enemigos.
Los últimos cuarenta minutos muestran el final del viaje, ese clímax al que se suponía que íbamos a llegar pero que se viene abajo cuando descubren que los nativos esperan su llegada. Willard es hecho prisionero consciente de que no hay posibilidad de sorprender a Kurtz, y cuando le conoce, vemos a un hombre inmenso, calvo y con los ojos pintados, encerrado en una cueva que habla sobre el horror y la oscuridad que hay en el fondo del corazón humano.

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Convertido en un prisionero y con Kurtz matando a Chef para demostrarle que nadie vendrá a ayudarle, Willard cae en un estado de trance en el que hay quien ve muchísimo simbolismo divino y celestial. Personalmente me parece más interesante el personaje de Dennis Hopper, que interpreta a un cínico y charlatán fotógrafo de guerra a quien no se entiende muy bien lo que quiere decir. Es allí donde empieza el largo monólogo de Kurtz sobre el poder del horror y donde descubre que el mal es algo que hacemos nosotros, y que el vietcong no es un monstruo al que derrotar sino seres humanos capaces de sobrepasar cualquier límite. Quizá por eso acabó desencantado con la guerra hecha desde despachos en el otro lado del mundo y decidió romper con todo y aliarse con ese horror que tanto se menciona y que convierte en su aliado. Mientras parlotea, Willard mueve su mano como si estuviese saliendo de su adormecimiento, listo para hacer lo que debe hacer. Lo que incluso el propio Kurtz parece querer que haga. A ritmo del Jim Morrison más histérico, Willard emerge empapado en sangre listo para salir de allí y tal vez regresar al mundo. No sabemos cómo lo hace, porque el bombardeo final al campamento de Kurtz no se incluye en el metraje final, pero sí intuimos que no será el mismo al que conocimos en Saigón.

Apocalypse Now es un viaje hacia nuestras partes más oscuras e inexploradas. Empieza como una película bélica más de gran realismo que lo abandona en pos de un aspecto onírico y tenebroso, y muestra tanto la guerra a gran escala como las emociones y dilemas de las personas que participan en ella. Cuenta con el humor más chusco y la brutalidad más despiadada demostrando que ambas cosas conviven y forman un todo. Es una gran bofetada a los Estados Unidos y su ya famosa guerra de Vietnam, y una auténtica obra maestra que veo una vez cada pocos meses, pues porque aunque dure tres horas y cuarto tampoco he visto una película más ágil, rápida y espectacular donde todo parece real, no sólo las explosiones o las grandes panorámicas, sino los conflictos que plantea.

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