Especial ‘Star Wars’: Episodio II – El Ataque de los Clones

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Tras el varapalo que supuso (en casi todos los sentidos) La Amenaza Fantasma, la idea de una nueva película de Star Wars tenía que lidiar con el sentimiento de decepción que había dejado en el aire. En esta ocasión, Internet ya era cada vez más transitado en busca de información sobre los próximos estrenos, pero de momento sólo podíamos acudir a la página oficial de Star Wars y algunas páginas de fans que recopilaban todo lo que podían. Aun así se filtraron algunos datos importantes del guión, como que Boba Fett regresaría y que significaría el comienzo de las famosas Guerras Clon que se mencionaron en la trilogía anterior. Cuando llegó 2002, se constató de nuevo que Star Wars tenía tirón comercial, conociéndose como el Efecto Obi Wan Kenobi las pérdidas por absentismo laboral el día del estreno. En muchos casos esta iba a ser una cinta muy diferente a la anterior, única y un ejemplo más de cómo George Lucas sólo tenía una cosa en mente: explotar la idea que una vez le hizo famoso.

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Ambientada diez años después de La Amenaza Fantasma, nos encontramos en un clima político aún más caliente que en la película anterior. Como vemos, lo que menos nos gustó de la anterior es precisamente lo que más importancia va a tener en la trama, algo comprensible (porque nos centramos sobre todo en el fin de la república) pero no demasiado estimulante. Con un par de fallidos atentados en contra de la senadora Padmé Amidala de Naboo, Obi Wan y Anakin tendrán que regresar para protegerla. En realidad, poco nos importa la trama o los personajes, ya que jamás, los personajes de Star Wars han sido más sosos. Ya desde el principio vemos una cinta con un aspecto muy digital y frío, y ese prólogo, con la nave de la senadora saltando por los aires, es un ejemplo de cómo la actuación parece haber quedado en segundo lugar junto con el montaje y todo lo que no sean efectos especiales.

Las películas de esta franquicia siempre se han caracterizado por ser muy lineales, sin espacio para los saltos temporales, los montajes paralelos o cualquier otro tipo de artificio. En realidad, consisten en escenas conectadas unas con otras por cortinillas de todo tipo, algo más que evidente en cintas como esta, donde ni siquiera las escenas de acción, por muy espectaculares que sean, van a remontar hasta su tercio final.

Según nos cuentan, un grupo de separatistas están anunciando su deseo de abandonar la república, llevándonos al borde de la guerra civil. En ese caso, los caballeros Jedi, símbolos de la paz y la justicia, poco podrían hacer para evitar un conflicto bélico. Aquí vamos a ver a ese frente agrupado bajo la persona del Conde Dooku, un Christopher Lee que consiguió así volverse famoso para una generación demasiado joven para conocer sus trabajos anteriores. Lee es un gran actor y el músico de heavy metal más anciano del mundo, y sorprende ver a un hombre como él empuñando un sable láser, aunque gracias a él tenemos un personaje de calidad. Todo lo contrario que Hayden Christensen, considerada como una de las peores opciones de casting de la historia, y que encarna a un Anakin Skywalker joven y ambicioso, además de arrogante y un poco gilipollas en sus primeros pasos hacia el Lado Oscuro de la fuerza. Hayden nunca ha sido un buen actor y su carrera posterior a la saga galáctica bien puede deberse a que es más soso de la dieta de un hipertenso o a la ya célebre “maldición” que condena a los intérpretes de la saga a los subproductos de videoclub. A pesar de que tiene sus defensores, que culpan más a un guión flojísimo, una tabla de madera podría haber mostrado más fisuras y profundidad en su personalidad.

El problema viene cuando a Darth Vader, el mayor villano de la galaxia, le convertimos en un plasta enamoradizo con una historia de amor absurda. ¿Dónde quedó ese carisma canalla de Han Solo, esos piques tan realistas que el mercenario tenía con la princesa Leia, ese “Lo sé” que responder a un “te quiero” en la circunstancia más negra posible? Aquí, Anakin y Padmé son dos empalagosos en escenarios de color pastel que no han estado enamorados en su vida. No sé si George Lucas ha tenido una relación en su vida, pero estoy convencido de que hay poco espacio en la realidad para los revolcones por la hierba de los prados bajo el sol de la primavera como ocurre aquí. La trama amorosa es lo peor de una cinta que, como la anterior, podría haber dado mucho más de sí y cuyos principales puntos fuertes quedan de nuevo aplastados bajo el peso de todo lo demás. La persecución por las calles de Coruscant es muy vistosa y nos permite conocer una parte más “urbana” de Star Wars, pero algunas de las cosas, como esos saltos al vacío o todo lo referente a las actuaciones, flojea. Si somos sinceros, es como si todo lo que no corresponde a Lucas (diseños, efectos, vestuario) estuviese a la altura, pero en esta ocasión no fuese bastante como para compensar el resto de la película.

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Otro de los grandes aciertos de la cinta es el personaje de Jango Fett. Es toda una sorpresa para el espectador descubrir que los soldados imperiales son en realidad clones del “padre” de Boba Fett, un cazarrecompensas contratado por Dooku como modelo. De nuevo nos encontramos con otra de estas asociaciones extrañas que convierten la galaxia en algo como más grande que un barrio donde, como en un pueblo pequeño, todos se conocen. Si queremos dejar volar la imaginación pensamos que en la trilogía original, el imperio es lo bastante grande como para que los nuevos stormtroppers sean ya hombres procedentes de todos los rincones del imperio. Jango es lo más parecido al carisma y trabajo actoral que vamos a ver aquí, con un desconocido Temuera Robinson que es capaz de darle empaque a esas cicatrices y llevarnos a un escenario por fin oscuro e interesante. Su duelo con Obi Wan Kenobi es corto, pero de lo mejor que hay en la cinta, y hasta la persecución que tienen ambos personajes en un campo de asteroides nos da algunos buenos momentos, como el sonido de las cargas sísmicas, un poco retardado con respecto al brillo de la explosión y con un sonido metálico.

Mientras tanto, Anakin y Padmé, manteniendo el no-romance más empalagoso de la historia del cine, van camino de Tatooine para investigar qué pasó con la madre del joven Jedi, quien se le aparece en sueños. Y aquí tenemos otro de esos “lugares comunes” que nos acercan más a la trilogía original, consiguiendo con ello deleitar a los fans con ángulos de cámara similares a los del episodio IV, volviendo a esa mesa donde Luke comía con sus tíos Owen y Beru, quienes regresan más jóvenes y… con C3PO. O sea, que años después, Owen vuelve a comprar al mismo droide. Podemos justificarlo por el recubrimiento dorado y el hecho de que todos los droides de protocolo son iguales, pero es jugar demasiado con las coincidencias. Lo que sí es interesante es explorar la relación entre Anakin y su medio hermano, aunque sea más por la anécdota que otra cosa, y el viaje de Skywalker para recuperar a su madre, entre carruajes de Jawas y moradores de las arenas, funciona por un equilibrio entre la nostalgia y algún momento muy inspirado. Los Lars y Watto aportan algo de color, y es uno de esos casos en los que el reparto es más interesante que el personaje principal. Me pregunto por qué Lucas no trabajó más en Anakin, su gran héroe caído.

 

La caída de Skywalker en el lado oscuro es bastante brusca y empieza cuando busca venganza contra los moradores de las arenas (¿Qué es eso de “Bandidos tusken”?) que matan a su madre. Pero luego su ira desaparece y sigue siendo el chico bueno de antes, y hay poca evolución en un personaje cuya transformación significa tanto para la galaxia y para la saga en sí. En muy curioso que Padmé no reaccione apenas cuando su novio le dice que ha matado incluso a niños, pero es que Natalie Portman hace poco aquí más que lucir un impresionante vestuario, servir de inevitable interés romántico y explicar con los diálogos más forzados la extraña política monárquica de Naboo. Una vez en Geonosis, es cuando por fin empiezan las aventuras en una película de aventuras, con tres grandes escenas. La primera es la cadena de montaje de droides, un escenario más que típico para una pelea y que ha sido utilizado en cientos de ocasiones, y que mejoraría más si Lucas se olvidase de meternos a un C3PO que intenta ser gracioso. No hablaré de lo que supuso para los fans más acérrimos ver que ahora además, R2D2 podía volar. La segunda es el coliseo, con nuestros protagonistas enfrentados a todo tipo de animales. Por fin se agradece algún comentario más ingenioso:

–          Retransmití tu mensaje, y luego vinimos a rescatarte.

–          Buen trabajo.

Y por supuesto, luego llega la explosión de acción con la batalla entre clones y droides, un ejemplo de lo variado de los diseños de todas las máquinas de guerra, y una secuencia que cumple con su propósito: crear espectáculo. Por primera vez vemos a los caballeros Jedi pelear unidos frente a un enemigo, aunque empañe tal vez esa imagen tan mística que transmitía Alec Guinness. Parece que muchos preferían algo más de sutileza y no convertir las espadas láser en algo tan mundano.

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La batalla, además, nos permite ver a Dooku enfrentándose con dos caballeros Jedi a la vez, con un duelo adaptado a un actor de ochenta años como Lee y centrándose más en juegos de luces y miradas que auténtica coreografía. Esta es muchísimo menos espectacular y entretenida que la de La Amenaza Fantasma, por lo que sigo pensando que Maul hubiese funcionado genial como villano agresivo y tal vez Dooku como cabeza política del conflicto. De nuevo nos encontramos ante uno de esos casos en los que debería haber sido mejor o desarrollado ciertas ideas. Lo más interesante es cuando el maestro Yoda, que en la vida ha tenido un aspecto más falso, aparece por la puerta renqueando y demostrando que es un maestro Jedi por derecho propio. Pero cuando saca la espada láser, recuerdo haberme reído como un loco en el cine junto con todos los demás. Ahora es poco risible, pero la imagen era cómica en su momento sobre todo porque Yoda era un torbellino de luz verde que hace que nos preguntemos por qué narices luego necesita un bastón. Aun así, es floja la conclusión del combate con Anakin y un topicazo que le corte el brazo.

El Ataque de los Clones es una película muy irregular, con grandes momentos y otros muy vergonzantes, pero en general, es mejor que La Amenaza Fantasma, y si hubiesen potenciado esas partes buenas que se intuyen, y se hubiesen dejado en paz de tanto efecto especial digital que doce años después chirría, habríamos tenido una trilogía muy superior, pero es lo que hay y con lo que nos tenemos que conformar, y tampoco montar un drama por una película como esta ni querer ver más de lo que es. Con el estallido de las Guerras Clon y la revelación de que hay un lord Sith detrás de todo, parece que la trama se precipita y ya sólo nos queda una película para presenciar el fin de los Jedi, el alzamiento del imperio y la caída en desgracia de Anakin Skywalker.

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Por cierto, ¿Os habéis dado cuenta de que Anakin llega de repente a la granja de los Lars y se lleva a C3PO privándoles así de una mano de obra barata y seguramente necesaria para la pobre familia de Tatooine?

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  1. #1 por Kotorito el 29 junio, 2014 - 00:12

    “Con un desconocido Temuera Robinson” Y tan desconocido, se llama Temuera Morrison jeje.

    • #2 por Carlos Martín el 29 junio, 2014 - 01:06

      Agggggghhh!!! Es lo que pasa por escribir rápido, que mi cabeza dice una cosa y mis dedos otra :S

  2. #3 por Frank Jones el 29 junio, 2014 - 06:54

    Toda la razón

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