‘2001: Una odisea en el espacio’ – La ciencia ficción según Kubrick

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El cine de ciencia ficción siempre ha estado mal considerado, sobre todo por una serie de “expertos y críticos de cine” que desde sus sillones son los que al parecer deciden sobre qué es interesante y qué no. Es curioso que hoy, décadas después del estreno de cintas como El Increíble Hombre Menguante o La Humanidad en Peligro, se descubran ciertas virtudes y se considere algo sólo al alcance de paladares exquisitos, cuando se trata de las mismas cintas de hormigas gigantes de cartón que el público devoraba en los años cincuenta.  Pero iba a llegar Stanley Kubrick y crear una de las cintas de ciencia ficción más imitadas y discutidas de todos los tiempos.

 2001

La película está basada en la novela de Arthur Clarke de mismo título, y he de decir que ese es otro de esos libros que he intentado leer en muchas ocasiones y siempre he dejado a medias. La ciencia ficción tiene su mayor interés en los temas que plantea y no necesariamente en cómo los desarrolla o los cuenta, de modo que Clarke puede tener unas buenas ideas,  pero eso no lo convierte en un gran escritor. Sin embargo, intentar entender de qué va 2001 es imposible sin una referencia como la novela original, ya que si la ves sin saber nada de la trama o los personajes, es posible que acabes con la sensación de haber visto una estupidez como un piano sin apenas diálogo y con más de diez minutos de escenas de colores. Aun así, incluso cuando la vi por primera vez cuando tenía diez años logró impresionarme por la fuerza de sus imágenes y por el siniestro y ambiguo ordenador HAL 9000, cuyo ojo rojo se ha convertido ya en uno de los personajes más famosos de la historia del cine.

Pero ¿Por qué no se entiende nada de esta película? ¿Es porque Kubrick es uno de esos directores que son ensalzados por un público gafapasta y somos nosotros los únicos que nos damos cuenta de que sus películas son un coñazo? ¿O realmente tiene sentido esta adoración casi excesiva por todo lo que hizo? Bien, la realidad es que no podemos valorar películas suyas de la misma forma que haríamos con Transformers o cualquier otra cinta comercial, porque desde luego, sus trabajos van por un camino mucho más artístico y hasta casi experimental. También, Kubrick exploraba sus propias ideas partiendo de novelas, lo que hace que El Resplandor no guste a los fans de Stephen King, quienes piensan que se tomó demasiadas libertades.

En realidad, 2001 es una cinta muy extraña, que quiere contar tantas cosas que no se para a pensar en si el espectador debería entenderlas. Empieza con un largo fragmento en el que somos testigos del nacimiento de la humanidad, centrándonos en un grupo de hombres prehistóricos que, un día, descubren un misterioso monolito negro que aparece entre ellos. Como tenemos que recurrir a la novela para entender qué son los dichos monolitos, no entendemos muy bien lo que ocurre, pero la realidad es que esa piedra negra es la que activa la evolución en estos simios, haciéndoles luchar y competir por los escasos recursos que tienen a su alcance. Los homínidos que han estado expuestos al monolito regresan a la charca de agua caminando ya sobre dos patas, lo que les da también la posibilidad de utilizar armas, que es lo que significa el momento del hueso. La posibilidad de no tener miedo nunca más y dominar el mundo a su alrededor, ya sea matando animales que necesitan para comer, tribus rivales… o incluso, construyendo una civilización capar de llegar al espacio exterior.

 

El siguiente fragmento tiene que ver con el descubrimiento de un segundo monolito, milenios más tarde, bajo la superficie de la Luna. Un objeto tan perfecto le daría a la humanidad la prueba irrefutable de la existencia de vida extraterrestre, por lo que deciden mantenerlo en secreto y experimentar con él. Lo realmente impresionante de esta escena es que fue grabada antes del alunizaje del Apollo XI, y aún hoy, cuarenta años más tarde, sigue tan fresco que hay quienes llevan décadas asegurando que el alunizaje de Neil Armstrong y Buzz Aldrin no sólo fue un montaje, sino que Kubrick en persona lo rodó porque su obsesión por el detalle y la perfección harían posible un engaño que aún hoy perdura. La verdad es que la escena hace énfasis en las sensaciones que transmite la superficie lunar, como la soledad, el silencio o el agobio de los trajes espaciales, y es entonces cuando la luz Solar incide por fin en el monolito y éste reacciona con un gran chirrido y una señal que se envía hacia otro punto del Sistema Solar, en Júpiter.

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El crítico de cine Carlos Pumares, conocido por haber salido en programas de radio y televisión, es una de las personas que más ha hablado de 2001, y hay un juego que consiste en preguntarle por “el monolito”, porque siempre se enfada y acaba gritando, fuera de sí, que el monolito es Dios. Dios, quien otorga la inteligencia a la raza humana y la hace evolucionar. Y aun así, no es del todo cierto o completo. Si queremos pensar que fue Dios, es nada más que una forma de llamar a una supuesta raza extraterrestre que jamás sale en la película, pero que es quien crea los monolitos. Cuando, en sus supuestos viajes a lo largo y ancho del espacio, descubren la vida en la Tierra, deciden ayudarla a evolucionar. Por qué, no queda claro, cómo, tampoco demasiado. El segundo pilar de su plan es la roca negra enterrada bajo la Luna, que sólo se activa cuando le da la luz del Sol, es decir, cuando comprueba que la humanidad ya ha logrado llegar hasta el espacio y desenterrarla.

El tercer monolito flota alrededor de Júpiter, y es allí donde el astronauta Bowman viaja junto con su compañero Pool y el ordenador de a bordo, HAL 9000. HAL es un modelo de inteligencia artificial que administra los sistemas de la nave y cuida de los astronautas, pero es el único que conoce el motivo de la misión, por lo que, siguiendo uno de esos ejemplos de lógica que tanto gustarían a Asimov, descubre que los hombres, mucho menos perfectos que él, pueden suponer el fracaso del cometido que les han encomendado. HAL, más humano que los propios humanos de la cinta, pero aun así extraño, frío e inmóvil, es un ejemplo de cómo Kubrick quiere contarte algo basándose más en la lógica y evitando un gran pecado de muchas películas: la exposición.

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Kubrick no te pone un personaje que te suelte un rollo muy grande para que te enteres de lo que sucede, no le interesa mostrar a HAL como un ordenador amenazante. Sólo con su ojo, tan mecánico y artificial que parece en realidad la luz de un microondas, nos transmite la sensación de total falta de empatía o sentimientos. Sin embargo, HAL los tiene, y como no podemos conectar con él, eso es lo que le hace mucho más peligroso e inquietante. Cuando los dos astronautas empiezan a sospechar que está poniendo sus vidas en peligro, HAL se hunde bajo el peso del miedo cuando descubre que quieren desconectarle. Y para él, eso es como matarle. HAL está vivo y reacciona como cualquier otro haría, matando a Pool de una forma que nos muestra también el interés del director en ser lo más realista posible. No hay escenas de lucha ni ruido en el espacio, lo que le hace interesante, pero le separa del esquema típico de la ciencia ficción como género cinematográfico. Podríamos pensar que no es una película con guiños a la ficción y donde se intenta entretener al público sino un documental.

Bowman, un actor que tiene los ojos más azules y penetrantes de la historia, decide seguir adelante con el plan de desconectarle, y es entonces cuando vienen las súplicas por parte del ordenador, un montón de cables y conmutadores que resulta tener sentimientos y hasta inspira lástima. Su muerte es muy real, comprendiendo cómo “su cabeza” se le va y empieza a perder facultades. Cuando canta una canción infantil, ese ojo rojo consigue por fin la empatía del espectador. Es entonces cuando Bowman descubre cuál es la naturaleza de la misión: Llegar hasta ese monolito, que en realidad no es sino una puerta a otro punto del espacio, y atravesarlo. Así llegamos a una serie de imágenes que, como siempre se ha dicho, son perfectas para el público de los años sesenta que entró a ver la película puesto de LSD y consiguió un viaje gratis, y el final de la película es la muestra de cómo de extraño, singular y poco humano puede ser el cine de Kubrick.

Cuando tenía diez años, no entendí el final, imagino que como el noventa y nueve por ciento de la gente. Bowman aterriza tras esa secuencia que parece filmada en el interior de una lámpara de lava, en una sala blanca llena de muebles, casi como una casa de diseño vanguardista. Allí, se ve a sí mismo cada vez más anciano mientras come, se sienta en una silla y finalmente, muere en la cama bajo la mirada de un estoico monolito que aparece en sus últimos momentos. El siguiente plano es un feto flotando en la inmensidad del espacio, y después los créditos.

En realidad, es la prueba final de estos extraterrestres. Y una vez sabes de lo que va, todo tiene sentido. Es la manía de intentar mostrar algo de una forma que no haga concesiones a la escala humana, o a las explicaciones típicas de la narración. Los extraterrestres quieren ayudar a evolucionar a la raza humana, y en Júpiter ponen esta puerta que Bowman atraviesa. La sala blanca es una especie de zoológico, donde el astronauta es observado de la misma forma que nosotros hacemos con los animales. El mobiliario absurdo y hortera, pues, no es más que un escenario, un decorado, como cuando los científicos intentan recrear el hábitat de los pingüinos de los acuarios con bloques de hielo artificial y paredes de hormigón pintado de blanco. Se supone que debería parecerles como estar en casa, pero nunca nos hemos parado a pensar si ellos notarían la diferencia. De modo que Kubrick decide centrarse en ese punto de vista, ignorando quién o por qué querría observar a Bowman, que pasa su vida en esa jaula a la que sólo le falta una rueda sobre la que correr como los roedores. Al final, esta especie curiosa y desconocida decide que la humanidad está preparada para el salto evolutivo, y le convierten en una especie nueva, que es lo que se conoce como El Niño de las Estrellas, un nuevo ser que será igual de diferente a los seres humanos que nosotros fuimos a los hombres de Cromagnon.

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Quizá esta excusa no sirva a los que se preguntan por qué no hacer una película más accesible en primer lugar. La respuesta quizá la encontremos en que Kubrick prefería centrarse en sensaciones y en mostrar con su particular idea del realismo cómo sería un encuentro similar, poniendo esa distancia con los alienígenas y no cometiendo el error de “humanizar” a estos seres sólo para poder relacionarnos con ellos a nivel dramático. Esto consigue crear una película cuyos efectos especiales siguen vigentes cuarenta años después, siendo una de las cintas de ciencia ficción más realistas y bien realizadas, pero del mismo modo, inaccesible y algo farragosa para un público que no sepa muy bien lo que vaya a ver, o no aguante el cine con pretensiones intelectuales donde a veces no se nota muy bien qué es una genialidad y qué no lo es.

Para leer la ficha pulsa aquí. 

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  1. #1 por Deckard el 15 agosto, 2014 - 16:49

    Gracias por tu comentario. He visto 2001 una docena de veces y leído el libro un par de ellas. Estoy de acuerdo con tu interpretación; la verdad es que la novela no deja nada a la imaginación. Para ser sincero he de reconocer que ésta ni siquiera me gusta mucho. 2001 es una película difícil, sin concesiones. Kubrick lo tenía claro. Si la quieres ver la ves y si no, no la veas. No era su intención ponerlo fácil. En lo que a mi se refiere, 2001 es una de las mejores películas de la historia. Me hipnotiza, es subyugante y puedo verla una y otra vez. Lo de Pumares, por otro lado, es de chiste. Ese señor haría un favor al resto de la raza humana si se estuviera calladito la mayor parte de su tiempo.
    Un abrazo.

  1. ’2001: Una odisea en el espacio’ | Tierra de Cinéfagos

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