‘Especial Harry Potter’ – Las reliquias de la muerte. Parte 2

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A la hora de enfilar el cierre definitivo de una serie tan larga como lo es la de ‘Harry Potter’, hay que tener en cuenta un detalle crucial que puede arruinar por completo el conjunto: Las expectativas.

Esperar algo es bonito, es abstracto, y por tanto, nuestra imaginación construye una serie de sensaciones que nunca nos defraudan porque lo hacemos a nuestro gusto particular. Sin embargo, el cine no se compone de cosas abstractas. Se trata de un juego de planos, imágenes y palabras que se conjugan para crear una historia, con sus tiempos muertos y sus movimientos largos, con sus agujeros argumentales y sus escenas de acción con música y efectos especiales. Así que a la hora de valorar la última parte de la saga, hay que hacerlo con un poco de perspectiva. Porque Las reliquias de la muerte es un libro decepcionante a fuerza de haber esperado mucho lo que en él se cuentan, y la manera de acabar con Harry, Ron, Hermione, Draco, Snape y todos los demás nunca puede ser del todo perfecta.

Sin embargo, existe, y es lo que vamos a analizar ahora para dar por concluido este especial.

 

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En lo referente a la película, queda claro desde un principio en que es la última vez que vamos a ver a los personajes. Hay un gran dramatismo en los primeros planos, que enlazan directamente, sin ningún tipo de resumen, con la primera parte del film. La imagen de Snape, exageradamente alargado, recortada contra uno de los ventanales de Hogwarts mientras los alumnos caminan en perfecta formación, es un claro ejemplo de que la infantibilidad ha pasado a la historia. Sin embargo, Hogwarts no es ya nuestro hogar. Poco o nada parece importar lo que ocurre allí, pero ya llegaremos a ello.

Por el momento, retomemos el hilo donde lo dejamos. Dobby yace muerto, Harry, Ron y Hermione han sacado al señor Olivander, Luna y un duende de Gringots llamado Griphook de la mansión de los Malfoy, y al margen de la tarea encomendada por Dumbledore de destruir el resto de Horrocruxes, la protección de Voldemort contra la muerte, hay algo que empieza a inquietar a nuestro protagonista: las llamadas Reliquias de la muerte. Al parecer, existen más problemas para que Harry y Voldemort se enfrenten. Al margen del curioso efecto que ya vimos en el cementerio en “El cáliz de fuego”, las varitas parecen reaccionar por sí mismas y atacarse, pero sin llegar a matarse. En este punto, Harry tiene que tomar una decisión, optando por interesarse más sobre las reliquias o los Horrocruxes, y elige los segundos.

La reacción de Bellatrix al ver la espada de Gryffindor, que en teoría está custodiada en su cámara privada en el banco mágico, parece haber indicado a Harry que también podría haber otro poderoso objeto importante para Voldemort escondido en las profundidades de Gringots. Algo que seguramente guarda relación con los fundadores del colegio y que se usaría para reafirmar la posición de Tom Ryddle, algo así como los trofeos de un psicokiller. De modo que nos prepararemos para presenciar un nuevo asalto, que espero sea más emocionante que el sucedido en el Ministerio de Magia. Para ello usarán a Griphook, quien sólo accede a ayudarlos a cambio de la espada de Gryffindor, fabricada hace siglos por los duendes y, según su extraña cultura, perteneciente a los de su raza.

Mientras tanto, Harry interroga a Olivander sobre las varitas. Completamente desarmado, ya que la suya se rompió en la primera parte de la novela, Harry tiene que usar una de las que robó en la mansión de los Malfoy. Concretamente, elige la que más cómodo le resulta y que perteneció a Draco Malfoy. Olivander habla acerca de que las varitas parecen tener una especie de conciencia, y que podrían fácilmente haber “decidido” cambiar de dueño. Eso da que pensar acerca de algunas varitas poderosas cuyo rastro fuese fácil de seguir, armas a las que, con razón o no, se les atribuyen una serie de características especiales. Esto nos hace pensar en la Vara de Saúco, una de las reliquias de la muerte, y que podría haber ido pasando de mano en mano durante siglos, engrosada por el poder de los magos que la empuñaron. Hace años, otro fabricante de varitas, Gregorovich, presumía tenerla, pero alguien se la robó.

Nosotros ya conocemos el resto de la historia. El ladrón de varitas fue un chico llamado Grindewald, un mago tenebroso y amante de Dumbledore, a quien éste le robó la varita cuando le ganó en un duelo en 1945. Desde entonces, la varita podría haber estado en su poder, y ahora, ha pasado a Voldemort.

Así que al margen de lo descabellado que les parezca todo eso a Ron y Hermione, Harry ve en el afán de Voldemort de encontrarla Varitade Saúco, una prueba de su existencia. Y el caso es que en menos de un párrafo y por pura inspiración divina, Harry deduce que él podría ser heredero de los Peverell, uno de los hermanos de la fábula. Al fin y al cabo, uno de los hermanos está enterrado en el pueblo natal de Harry. Por tanto, la capa debería ser su reliquia. Y aquí viene lo bueno, porque supone (con un acierto que deja perplejo al más inteligente) que la piedra de la resurrección está dentro de la snitch dorada que Dumbledore le dejó en su testamento. Ahí, porque sí. La serie ha sido muy buena hasta ahora proponiendo enigmas y solucionándolos encajando las piezas, pero esto ha sido demasiado fácil y por tanto, forzado.

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El asalto a Gringots se produce de la siguiente manera. Hermione usa la poción multijugos para transformarse en Bellatrix Lestrange, propietaria de la cámara, Ron se transforma también y Harry se oculta bajo la capa invisible junto con Griphook y la espada. Viajan a los niveles inferiores y pasan cerca de un dragón usado para proteger las cámaras. Entonces se activan las alarmas y tienen que hacerlo todo a contrarreloj. Encuentran una copa perteneciente a Helga Hufflepuff, y logran sacarla de la cámara a pesar de que Griphook rompe su promesa de esperar hasta el final para reclamar la espada y decide llevársela. Liberan al dragón y escapan de Gringots asediado por mortífagos y duendes, con un Horrocrux más, y con menos camino por delante. Porque si algo sorprende, es la rapidez con la que van a acabar con el resto de Horrocruxes a partir de ahora. Es como si J.K. Rowling hubiese perdido las ganas de complicarse la vida, y tuviese que cerrar el resto de la historia lo antes posible, tal vez para evitar un tocho del tamaño deLa Orden del Fénix, aunque esto son conjeturas mías.

Voldemort se entera de que Harry va tras los Horrocruxes,y por una vez se siente vulnerable. De modo que decide echar un vistazo al resto de escondites y reforzar las defensas que protegen las piezas de su alma. En un destello, Harry lee la mente de su enemigo y descubre cuál es el último escondite que queda por registrar: Hogwarts. Regresaremos por tanto al colegio una última vez, una especie de lugar común al que ya estábamos más que acostumbrados, para descubrir mucho sobre su origen e influencia en los protagonistas de esta historia.

Por el camino paran en Hogsmeade, donde entran en el Cabeza de Puerco, uno de los bares de la aldea, y conocen al tipo que lo regenta, Aberforth Dumbledore, el hermano menos inteligente de Albus, acusado de practicar aberraciones con una cabra (no pensaré en qué tipo), un tipo con bastante mal humor y al que nos sorprende conocer, más que nada porque Harry y los demás pasaron tiempo en su local en el quinto curso. A lo mejor es simplemente que no cayeron en la cuenta de quién era, aunque luego su parecido les resulte sorprendente con el viejo director. Esto me recuerda a una frase que Albus decía en el sexto libro acerca de los amigos de Voldemort hospedándose en Hogsmeade en la época en la que estaba creando los Horrocruxes (oh, no es que me llevo bien con los camareros del pueblo.) Aberforth se muestra agresivo, tal vez porque estamos a punto de presenciar uno de los últimos momentos de flaqueza y determinación de Harry Potter. Aberforth dice que huya, que lo abandone todo porque han perdido, y que no ganará nada con seguir luchando. Que si tiene que hacerse algo, que lo haga otro. Pero Harry se pone en pie y dice que hay veces en que hay que seguir luchando aunque la batalla esté perdida.

Atraviesan un pasadizo hasta la sala de los menesteres, y ahí vemos que muchos alumnos han estado escondiéndose de Snape, el nuevo director, y de los Carrow, unos hermanos mortífagos que se han hecho con el control. Quizá, como Harry es el protagonista CASI absoluto y es una forma de ahorrar espacio (y metraje) no hay muchos datos sobre Hogwarts. Y es un fallo grandísimo, ya que esta parte de la historia queda un poco coja. Quiero decir: con Snape, asesino de Albus Dumbledore, y con los mortífagos campando a sus anchas como profesores, ¿De verdad nos creemos que gente como Minerva McGonagall no ha hecho nada? La batalla debería haberse presentado mucho antes, desde el momento en que Snape puso un pie en el castillo, y no de una forma muy “barata”, cuando Snape aparece en un pasillo, Mcgonagall hace un gesto y Snape huye por una ventana.

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En la película han decidido cambiar el escenario por el gran comedor, donde un Snape con voz cambiada en su versión española (qué bien le sentaba tener la misma voz susurrante que Vin Diesel en Pitch Black) interroga a los alumnos hasta que Harry se presenta entre todos ellos. Entonces tenemos de nuevo una de esas flojas escenas sin ningún tipo de emoción en la que Mcgonagall lanza dos rayos, Snape pone cara de palo y se va de la sala. Ni siquiera el uso del tema principal de Harry Potter sonando de fondo ayuda a elevar un poco el ánimo del espectador.

En ese mismo momento, la voz de Voldemort (me le imagino con un megáfono gigante gritando desde fuera del castillo) irrumpe diciéndoles a todos que tienen una hora para entregar a Harry antes de que arrase con todo. Aunque un par de alumnos de Slytherin se ponen de parte del señor oscuro, Harry se ve de inmediato rodeado de amigos. Está a punto de comenzar la batalla de Hogwarts. Mientras tanto, tienen que buscar el último Horrocrux que queda, algo perteneciente a Ravenclaw y que según Luna Lovegood podría ser su milenaria diadema perdida. A la vez que Harry trata de obtener más información sobre el objeto en cuestión, Ron y Hermione han desaparecido camino de los baños. Y en algo que me parece un Deux Es Machina brutal, vemos que han ido a la Cámara Secreta a arrancar los colmillos del basilisco que Harry mató en el segundo libro para deshacerse de la copa robada en Gringots. Al menos en la película se dieron cuenta de que era una excusa tremendamente descarada (pero válida) para eliminar un Horrocrux, y suavizaron la explicación del “¡Es que Ron sabe hablar Pársel!”. Decepcionante. El libro se está acabando por momentos y no hay ni rastro de Snape, ni de las emocionantes aventuras que prometía el final de una de las sagas más leídas de fantasía de los últimos tiempos. Los personajes cumplen, tienen sus matices y nos identificamos con ellos, pero al igual que pasaba en la película de “El príncipe Mestizo”, parecen no tener fuerza suficiente a la hora de avanzar en la historia. En esta ocasión, esa flojera ha traspasado del cine al papel.

El último volumen nos queda aún una sola sorpresa, por así decirlo, un último pico de calidad en medio de este apático recorrido de recuerdos añejos y lugares comunes que buscan como única finalidad despedirnos de los personajes. Gente como Dolores Umbridge no tienen un propósito claro a su presencia, y la historia de la Dama Gris, el fantasma de la torre de Ravenclaw, la clave para encontrar el último Horrocrux (aunque nosotros como lectores ya lo hemos visto en el sexto libro), se antoja de nuevo  innecesaria y parece existir sólo para darnos más información sobre Hogwarts. En un pequeño libro de cuentos que la autora sacó poco después, conocemos cómo Nick Casi Decapitado acabó con la cabeza colgando sobre el hombro, y esto es parecido, pero un poco alargado. El propio fantasma nos cuenta que huyó de su madre, la famosa fundadora de Hogwarts, con la diadema que en teoría le daba inteligencia a todo aquel que la llevase. Su madre envió a alguien a buscarla, el fantasma de la torre de Slytherin, en una historia de amor trágico que acabó mal (con ambos muertos) y que no nos importa demasiado. Lo único interesante es que esa misma historia se la contó a un joven Tom Ryddle, que encontró la diadema y la escondió… en la sala de los menesteres.

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En esa sala la gente ha estado escondiendo cosas desde la fundación de la escuela. Pero no resultará fácil encontrarlo. Y menos con Draco Malfoy y sus dos matones impidiendo que Harry alcance su propósito. Aquí vemos que la simpatía que tanto la autora como los lectores han cogido por Malfoy está a punto de salvarle la vida. Sus dos guardaespaldas, Crabbe y Goyle, parecen no seguir las órdenes de su anterior Jefe, y tratan a Malfoy como un fracasado. Uno de ellos lanza un potente hechizo que consiste en una lengua de fuego que se multiplica y parece dotada de inteligencia que va destruyendo todo lo que toca. Harry, Ron y Hermione logran acercarse a la salida, pero Malfoy y los demás parecen acorralados por una magia demasiado avanzada que ninguno de ellos es lo suficientemente inteligente como para controlar. Crabbe, de hecho, muere devorado por las llamas, aunque en la película decidieron matar a Goyle ya que el actor que hacía de Crabbe abandonó el rodaje de la saga tras sus problemas con las drogas. En un último gesto valiente, Harry salva a Malfoy y escapan de la sala de los menesteres añadiendo además una nueva solución maravillosa y tremendamente forzada para aligerar el texto: Al parecer el hechizo de Crabbe es el llamado Fuego Maligno, otra de las formas de destruir un Horrocrux (manda cojones, con perdón, que tengan tanta suerte).

Pero ha llegado el momento de presenciar la batalla de Hogwarts, que en la película es bastante plana y sin ningún tipo de emoción. Y aquí es donde J.K. Rowling decide acabar con todo y con todos para llenar al lector de lágrimas. Mata a uno de los gemelos, Fred Weasley, y también a Colin Creevey, el niño que hacía fotos en “La cámara secreta”, y a muchísimos alumnos más, por no hablar del pasotismo absoluto con el que nos cuenta que Lupin y su mujer Tonks también están muertos. Esos personajes, al igual que Alastor Moody, se merecían algo más que una muerte “En Off”. Al fin y al cabo, Lupin es el último vínculo de Harry con la historia de sus padres, un cabo suelto que había que cerrarse para completar el cambio generacional que dejaba a Harry al frente de una nueva amenaza. Una nueva decepción en pro de acabar cuanto antes.

Uno de los mejores capítulos de la saga viene a continuación, con el título de “La historia del Príncipe”.  Pero para ello tenemos que pasar por una parte en la que Voldemort piensa en la varita que posee, arrancada de las manos muertas de su anterior propietario. En teoría, debería haberle hecho poderoso, pero no ha sido así. Quizá se deba a que no sólo hace falta derrotar a su poseedor, sino también matarlo. Voldemort ataca a Snape y le deja moribundo en el suelo, sin sentir ningún tipo de lástima ni arrepentimiento. Entonces Harry, que presencia la escena desde fuera de la habitación, entra, quizá sin saber muy bien por qué, sin saber qué siente al acercarse al tipo que asesinó a Dumbledore. Quizá no piensa en esas cosas en el momento en que Snape le pide que recoja unos recuerdos que parecen escapar de sus heridas, y luego le pide que le mire a los ojos. Sólo una palabra:

–         Mírame…

Y nosotros nos damos cuenta de algo. En el cine, por desgracia, hay que ser más explicativo, y Snape añade una frase que nosotros hemos escuchado de boca de muchos personajes, pero no de él:

– Tienes los ojos de tu madre.

Voldemort ordena un alto en la batalla, muy apropiado, ya que ahora nos viene un capítulo sosegado y no creo que la autora pudiera hacerlo con el castillo cayéndose a pedazos. Harry entra en el despacho de Dumbledore y se sumerge en los recuerdos de Snape. Es entonces cuando alcanzamos el punto más emocionante y trágico del relato, donde descubrimos que J.K. Rowling escribió una mejor historia de amor en un solo capítulo que Stephanie Meyer en cuatro libros, y donde por fin quedan disipadas todas las dudas sobre la lealtad de Snape.

En este fragmento, vemos que Snape era un niño maltratado por un padre muggle que veía la magia como algo aberrante. Se enamoró de una niña que vivía en la misma calle que ella y que resultó ser bruja también. Entonces, al llegar a Hogwarts, vemos que son separados desde el comienzo. La niña, Lily Evans fue a Gryffindor, donde conoció a un tal James Potter, mientras que Severus fue a Slytherin, donde ya vemos al padre de Malfoy. Sus vidas fueron por caminos diferentes, pero mientras que James era guapo, deportista y caía bien a la gente, Snape fue un marginado con un extraño interés por las artes oscuras. Más tarde, Snape se acabaría uniendo a los mortífagos, de los que desertaría al enterarse de que una profecía (una maldita y simple profecía) decía que un niño nacido en Julio podría acabar con Voldemort. Éste, por si acaso, decidió matar al hijo de Lily. Snape acudió entonces a la única persona en quien podía confiar: Dumbledore, y prometió servirle y hacer de espía a cambio de protegerla a ella y a su familia.

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Sin embargo, no sirvió de nada. Otro traicionó a los Potter, Lily yacía muerta en el suelo. El plano de Snape abrazando el cadáver de la mujer, despojado de esa máscara de cera que siempre ha sido el profesor más odiado por todos, con la estupenda partitura de fondo, es emocionante. También sabemos que Dumbledore quedó afectado por una maldición y que pidió que Severus lo matara para evitarle a Draco Malfoy esa carga. Un giro de guión rocambolesco y de culebrón, sí, pero efectivo, aunque no tanto el hecho de que Snape pida expresamente que no le diga a nadie lo que hizo. No tiene más sentido que permitirle a la autora jugar con la ambigüedad durante siete libros.

En más recuerdos, entendemos que cuando la maldición que Voldemort usó para matar a Harry rebotó, Voldemort quedó reducido a algo menos que el más sutil de los fantasmas. Sin embargo, lo que escapó de la casa fue aún menos de lo que él pensó. Una parte de su alma se desgajó de su cuerpo y se pegó a la única forma e vida que pudo encontrar, al propio Harry. Ahí tenemos la explicación de por qué Harry puede hablar con serpientes, de por qué durante todo este tiempo ha tenido visiones de la mente de Voldemort y conoce sus estados de ánimo. Él es el último Horrocrux que queda, una vez la serpiente Nagini sea destruida. Y por tanto, Harry Potter debe morir para que el mal sea aniquilado por fin.

Como ya he dicho anteriormente en este especial, no estábamos seguros de que Harry fuera a sobrevivir por el mero hecho de ser el personaje principal. Y esto parece dejarnos claro que la historia del chico comienza y acaba aquí. Es un poco triste ver la evolución de un niño que ha ido creciendo frente al público y con el público, además, con el cual hemos visto sus miedos, sus chistes, sus alegrías, tristezas y esperanzas, le hemos visto dar su primer beso, luchar por los que le importaban y hacerlo siempre de forma desinteresada, camino del cementerio. No queremos verle morir y pensar que junto con las últimas páginas del relato, también se termina su vida.

El chico comprende lo que queda por hacer. Entre las ruinas de la batalla, encuentra a Neville y le pide que destruya a la serpiente en cuanto tenga la oportunidad. Acto seguido va dispuesto a entregarse. Entonces, recuerda la snitch, la sostiene entre sus manos y ésta se abre. Efectivamente, contiene la piedra de la resurrección. Se pone el anillo que la contiene e inmediatamente ve a su alrededor a todos aquellos que ha perdido: Sirius, Lupin, sus padres… es un camino muy largo el que le separa del bosque, donde Voldemort le espera, pero también es excesivamente corto. Doscientos pasos, y estará muerto. Sólo la compañía de sus seres queridos parece aliviar un poco la carga que tiene por delante. Harry se planta ante Voldemort. Se quita la capa invisible y se prepara para morir cuando un rayo de cegadora luz verde consume el mundo por completo.

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Me gusta el corte, me encanta. Es el momento onírico perfecto (y arquetípico, no vamos a negarlo tampoco) por el cual abandonamos el bosque de Hogwarts y ponemos un poco de perspectiva al asunto. El lugar elegido es la estación de King Cross, desde donde sale el Tren del colegio, aunque yo hubiese preferido un escenario un poco más “sólido y sucio”, antes que un croma con aspecto de anuncio de compresas, blanco y neblinoso. Allí vemos a Dumbledore, quien tiene unas palabras con Harry acerca de, entre otras cosas, las reliquias de la muerte. Tras ellos, una criatura de aspecto grimoso (quizá la parte del alma de Voldemort que vivía dentro de Harry) parece asfixiarse contra el suelo.

Dumbledore entonces se nos muestra como un personaje bien claro hablándonos de sus esperanzas de alcanzar la gloria y de su relación con Grindewald que acabó en tragedia. Las reliquias de la muerte eran una estupenda posibilidad de convertirse en grandes magos y gobernar por el bien común por encima de los muggles. Sin embargo, la muerte de Ariana le hizo cambiar. Pensó que no merecía ostentar el poder y se quedó en el colegio, el lugar donde se consideraba una persona más inofensiva. Ya adulto, conoció la capa de invisibilidad de James Potter, y cuando encontró el año pasado la piedra de la resurrección, no pudo evitar ponerse el anillo esperando ver a su hermana fallecida. Pero todo salió mal, la maldición lo envenenó y condenó a una muerte lenta e inexorable. Dumbledore quiso que Harry evitara la tentación, y tras una enmarañada justificación de por qué Harry está en un limbo, libre al fin de la presencia de Voldemort en su cabeza, el chico decide volver y enfrentarse por última vez a su enemigo.

Ayudado por la última traición de los Malfoy, Harry logra escapar frente a sus amigos, que creían haberle perdido, y los Mortífagos, inesperadamente masacrados, van desapareciéndose por todas partes mientras se repliegan hacia el gran comedor. Neville mata la serpiente, pero en la película deciden arreglar ese pequeño detalle para darle más emoción a la cosa montando dos escenas paralelas. Mientras que en una Harry se enfrenta a Voldemort, en la otra Ron, Hermione y Neville intentan acabar con Nagini, el último vínculo de Voldemort con la inmortalidad.

Por supuesto, la cabeza de la serpiente salta por los aires en el momento preciso y Voldemort, mortal al fin, es alcanzado de nuevo por su propia maldición asesina. Su cuerpo se desvanece en un barato CGI que intenta aprovechar al máximo las tres dimensiones de la película, quizá para hacer las muertes algo menos traumáticas, ya que en el libro tanto su cadáver como el de Bellatrix Lestrange (“¡A mi hija no, puta!” leemos en versión original y aquí fue suavizado) caen a plomo contra el suelo.

La parte final del libro rebosa felicidad por todas partes, y se nota las apresuradas ganas de llegar al cierre. No es para menos, han sido cerca de diez años para escribir la serie entera y por fin Lord Voldemort está muerto en el suelo del gran comedor. Los cuadros estallan en vítores, empiezan a llegar cartas de todas partes del país, y nos parece un cierre muy limpio y directo, con lo mal que estaban todas las cosas unas horas antes. Harry dice que la Varita de Saúco nunca le perteneció a Voldemort, ni siquiera a Snape, perteneció a Draco, que fue quien desarmó a Dumbledore en la Torre de Astronomía. Más tarde, Harry derrotó a Draco y, por tanto, la varita le obedeció a él. Sin embargo, no la quiere, de modo que reparará la suya y devolverá la otra a la tumba de Dumbledore. Todo ha acabado por fin y lo único que Harry Potter quiere es echarse en la cama y que Kreacher le suba un bocadillo.

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19 años después

La posibilidad de que la saga continuase sin duda ha hecho babear a los responsables de los derechos de las novelas. Sin embargo, J.K. Rowling decidió incluir un epílogo tardío para dejar claro que eso era, al menos, bastante improbable. En él, casi veinte años después de la muerte de Lord Voldemort, un Harry adulto lleva a sus propios hijos al tren de Hogwarts. En estas últimas páginas no hay muchos datos sobre lo que ocurrió después, salvo que está casado con Ginny, lo mismo que Ron y Hermione. Vemos a Draco, que saluda a Harry desde lo lejos con una inclinación de cabeza, y también llegamos a saber que Neville consiguió un puesto de profesor en el colegio. Como lectores, echamos en falta algo más de información sobre los personajes y el devenir del mundo mágico, como los Dursley, por ejemplo.

Ante el temor del hijo más joven de Harry a que le pongan en Slytherin, conocemos que su nombre, Albus Severus, viene por dos directores de Hogwarts, uno de ellos, miembro de Slytherin y el hombre más valiente que Harry ha conocido nunca. No importa donde te pongan, importan las decisiones que tomes, (no se trata de vuestras semejanzas, sino de vuestras diferencias). Es el mensaje de siempre, quizá de lo que trate esta historia de dementores, calderos mágicos, varitas, túnicas y dragones. Harry pidió ir a Gryffindor. Todo depende de cómo te comportes y cómo decidas vivir tu vida, porque al final y al cabo, el antagonista fue “un niño que se equivocó en todas sus decisiones”. Además, una de las frases del libro dice que si había algo que Tom Ryddle jamás llegó a entender, fue el amor, precisamente lo que le causó las mayores pérdidas y desgracias. El amor que Snape sentía por la madre de Harry y más tarde, los Malfoy, al ayudar a Potter para que todo terminase de una vez y así poder buscar a su hijo, fueron determinantes en su caída. El amor y la búsqueda de la felicidad y la intención de hacer siempre lo correcto han sido estandartes de una saga que ha arrastrado a millones de lectores, desde niños hasta adultos, durante los últimos diez años, y que tiene pinta de ocupar un lugar en la memoria colectiva del público y en la cultura popular como una gran obra de la literatura universal. Es posible que los textos tengan defectos, y que el último libro no redondee de todos nuestras excesivas expectativas, también puede quedar claro que sus adaptaciones al cine contaron con lo mejor y lo peor, pero también le dieron un rostro a cada personaje y una voz, contaron con un gran equipo técnico y artístico e hicieron realidad un mundo de fantasía que es imposible no querer visitar una y otra vez y que estará ahí siempre para todos los que alguna vez disfrutaron con las aventuras de Harry, Ron y Hermione.

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Especial Harry Potter

La piedra filosofal

La cámara secreta

El prisionero de Azkaban

El Cáliz de fuego

La Orden del Fénix

El príncipe mestizo

Las reliquias de la muerte – Parte 1

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  1. #1 por Vaskita el 24 octubre, 2011 - 01:17

    “donde descubrimos que J.K. Rowling escribió una mejor historia de amor en un solo capítulo que Stephanie Meyer en cuatro libros”
    AMÉN

    Básicamente estoy de acuerdo en todo lo que dices, salvo en la escena de la confrontación entre McGonagall y Snape, que a mi si me gustó, sobretodo cuando se ve en la cara de Snape (una pena el doblaje) que no quiere hacerle daño a su compañera y cuando aparecen los miembros de la Orden.

    Me decepcionó que no pusieran la muerte de Lupin, es más, me dolió que Rowling no la escribiera. Un gran personaje al que las películas no le hacen justicia, el mejor profesor, amable y valiente pero vulnerable, y que tiene un concepto muy pobre e infravalorado de si mismo. A mi también me jode que la última conexión que tiene Harry con esa generación se rompa de esa manera, el último merodeador y cuyo hijo tiene una triste coincidencia con Harry.

    Pero lo peor es la batalla final. La escena de Malfoy reuniéndose con los mortífagos me parece patética, mal las muertes de Bellatrix y Voldemort, sobretodo el hecho de que la muerte de Voldy no la presencie nada, ni siquiera quede cuerpo. No me pareció nada épica. No me emocioné con Neville, no estuvieron los centauros, ni la emocionante escena del despacho de Dumbledore y las muertes me dejaron más bien fría.

    No me gustó el cierre de la saga, quizá porque el trailer era una absoluta pasada y dejó las expectativas muy altas. Yates no me gusta nada.

    Pero en fin, he crecido con Harry, Ron y Hermione, es obvio que me entristece que se acabe, pero también lo estaba deseando.

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